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Es
cierto que el abuso de iconografías, ceremonias
y discursos de ocasión, más que
alentar hieren el sentido de los hechos históricos
que evocan los días conmemorativos y desplazan
su ejemplaridad por el ritual canónico,
vacío y rutinario.
En
este caso, el título como eje de esta nota
apunta a otra cosa, no ya como indicador de un
espacio urbanístico y hasta ocioso, sino
como variable de resolución colectiva de
las demandas sociales y políticas que el
azar o la necesidad han convertido en constituir
"históricas". Y no será
forzándolas como adquieran ese carácter,
sino porque sus consecuencias enmarcarán
su vigencia, sentido y configurarán su
proyección hasta nuestros días y,
seguramente, los futuros.
¿Quién
desconoce el valor consagratorio del Ágora
ateniense para la primera democracia occidental
REAL que encarnaría en la polémica
y en el diálogo su sustento y su requisito?
Y
en todo caso, lejos de las manipulaciones, será
espacio de las movilizaciones, no siempre ejemplares,
que legitiman la voluntad colectiva o, por el
contrario, las anulan, como en Zianamen o en Zlatelolco.
O en su faz casi redentora, constituyen el germen
y el "rumbo compartido" de un nuevo
PROYECTO, desde aquel 25 de Mayo prolongado por
otros días ya emblemáticos de nuestra
historia.
Nuestra
"Plaza vacía" no es una metáfora
aprovechable si no se la ancla en la imagen paradigmática
de los trabajadores con "las patas en la
fuente" de Plaza de Mayo, o en el abandono
o desafección política de toda la
sociedad argentina o, al menos, de gran parte
de ella en los ´90 y que hoy se intenta
remover tímidamente.
Porque,
en todo caso, no se trata de calcar la historia,
sino de hacerse de ella para desplegarla siempre.
Así lo cuenta Salvador Ferla, con drama
y humor:
"Sobran
las palabras. Hace rato que sobran las palabras.
Sin más dilación mandan llamar
a los hombres propuestos para que presten juramento.
El nombramiento le crea al doctor Moreno, ajeno
a todo y designado sin previo asentimiento,
un verdadero tormento. Derrotado junto a Álzaga
el año anterior, el destino le ofrece
una inesperada oportunidad de gloria, pero con
riesgos graves e imprevisibles. Encerrado en
su habitación medita, medita y vuelve
a meditar. ¡Francamente era como para
pensarlo! Al fin se decide afirmativamente,
pero por precaución, se presenta a la
Real Audiencia solicitándole dictamine
sobre la legalidad de su nombramiento.
A Saavedra le parece una falta de ética
aceptar la presidencia después de haber
renunciado como vocal del efímero gobierno
anterior. Por eso, no sea cosa que lo tomen
por ambicioso, deja constancia en acta que él
no desea el cargo que le ofrecen. Azcuénaga,
indeciso, sugiere que la nueva autoridad sea
ratificada por un plebiscito.
Saavedra dice unas palabras de circunstancias,
y luego se asoma al balcón para arengar
a los entusiastas que aún están
allí, batiendo el record de permanencia
en Plaza de Mayo. Los exhorta a la unión
y la fraternidad, y a respetar al ex virrey
y su familia, que en esos momentos están
acomodando sus ropitas para mudarse "sin
protestas", como les recomendó el
Cabildo.
Esa noche, con salvas de artillería,
repique de campanas y una justificada "iluminación
extraordinaria", el gobierno se traslada
a la Fortaleza, donde nuevamente comienzan a
desfilar las mismas caras de antes, repitiendo
sus felicitaciones. No creo que a Cisneros le
cause gracia aquello de utilizar su sueldo para
costear la expedición armada al interior;
pero de todos modos, como el trato que recibe
es cortés, y como no tiene otra alternativa,
firma una circular dirigida a los gobernadores-intendentes
dándoles cuenta, sin objeción,
del cambio de autoridades.
La juventud liberal y los "militares de
la reconquista" han puesto fin al régimen
colonial. La Real Audiencia cierra sus puertas
en señal de disgusto.
Es posible que el abuso de iconografías,
ceremonias, protocolos y discursos desencarnen
la memoria colectiva a la que se intenta apelar
toda vez que el calendario -no siempre escolar-
propone recordar más o menos activamente
una fiesta histórica sensible a la estructura
del sentir que lo configura y explica el sentido
y la vigencia de su proyección histórica.
Desposeídos
de ello, y próximos a simular los atajos
mágicos que los exaltan ciclotímicamente,
este nuevo 25 de Mayo no debiera cumplir el rito
que lo asedia, sino enmarcar celosamente el papel
y la misión que se impusieron, aun contradictoriamente,
sus protagonistas, la mayoría absolutamente
anónimos, aunque presentes.
Así
lo sería siempre y no sólo en referencia
a otros momentos no necesariamente vinculados
con las decisiones que suelen advertirse como
"bisagras" de la historia, tantas veces
canonizadas estúpidamente por malabaristas
antes que por investigadores y/o por constructores
de su tiempo y de su sociedad y del espacio en
que tuvieron que actuar, sin medrar con ventajas
y oportunidades calculadas.
Una
y otra vez, pues, pareciera ineludible que la
fecha inaugural de nuestra emancipación
tuviera a Mariano Moreno como paradigma, menoscabándose
el protagonismo de Saavedra y Castelli entre otros.
Pero justamente la propia historia se encargaría
de reconocerlo.
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