El kirchnerismo enfrenta un gran desafío
a su capacidad de inventiva e imaginación,
que consiste en el diseño de una construcción
política y la afirmación de su
identidad con vistas al proyecto de construir
mayorías hacia la renovación del
2011.
El
oficialismo lucha por convertirse en una tendencia
profunda de la política nacional o; en
su defecto, será sólo un acontecimiento
coyuntural que repite ciclos como fue el menemismo.
El
acceso de Kirchner en el 2003 surgió
de una coyuntura cuasi azarosa que expresó
la necesidad de continuidad y superación
del gobierno de emergencia de Eduardo Duhalde,
que a su vez, intentaba remontar la crisis del
2001 y la agonía del ciclo de los ´90.
Sus ejes constitutivos tuvieron que ver con
la restauración de la gobernabilidad,
los derechos humanos, una política focalizada
en la producción, el mercado interno
y el empleo; y con la aspiración proclamada
de disminuir significativamente la desigualdad.
Esta fue, hasta el momento, una aspiración
incumplida.
El
proceso de acumulación política
fue estimulado en paralelo con el crecimiento
de la economía, el mejoramiento del comercio
exterior, una reactivación de la demanda
interna y la reversión de la crisis social.
La metodología fue navegar con dos puntos
de apoyo; uno, el puente que Kirchner propuso
desde el peronismo hacia la centro izquierda;
y otro, el no olvidar que fue uno de los tres
candidatos del justicialismo.
El
carácter pendular de ir desde la transversalidad,
ideológicamente más amigable pero
con pocos votos, hacia un origen peronista,
mostró animadores y detractores, pero
selló su derrotero. De aquí en
más, el kirchnerismo debería transitar
sobre estos dos soportes.
A
mediados del 2007 el crecimiento económico
y el acrecentamiento de poder alcanzaron su
punto de inflexión. A partir de allí,
la mesetización económica y social,
coincidió con el inicio de un desplazamiento
de los sectores medios, que, una vez recuperados
en su status social, empezaron a mirar al gobierno
de Néstor Kirchner con ojos críticos
en lo procedimental.
En
octubre del 2007 la derrota de Cristina Fernández
de Kirchner en las principales ciudades del
país, cuando en el resto ganaba por amplia
diferencia, fue un mensaje que los estratos
medios enviaron y que no fue atendido.
Hoy,
después del 28, el kirchnerismo hace
sus cuentas para saber qué posee para
continuar y seguir siendo un actor principal
del tablero político, o de lo contrario,
languidecer dando razón a aquellos que
creen que el kirchnerismo es un fenómeno
coyuntural, que no es un movimiento peronista
sino que ha usado al peronismo.
Ahora,
y retrasadamente, los diversos sectores que
confluyen en el kirchnerismo, se plantean la
construcción orgánica, como una
recuperación de lo que Néstor
Kirchner como jefe debería haber emprendido
en épocas de bonanza política.
Mientras
tanto, el Gobierno de Cristina hace su gestión
y recupera lo que nunca debería haber
perdido, el centro del poder institucional.
En un país dónde los partidos
están prácticamente disueltos,
el Gobierno es la única institución
política que expresa al oficialismo,
al que hay que sumar el inestimable apoyo de
la CGT de Moyano. Si el centro de decisión
está fuera del gobierno, no hay más
a la vista que puro desierto.
La
reforma política y el llamado al Consejo
Económico y Social, parecen pasos dados
a recuperar a los sectores medios y a ganar
tiempo, aunque, por ahora, son medidas insuficientes
para reconquistar confianza. Tampoco está
claro si el Gobierno hace esto como gesto táctico,
o hay un giro estratégico, un cambio
de la modalidad política del kirchnerismo,
dispuesto a librar la batalla democrática
en internas abiertas dentro del P.J.
Esta
tarea es de una gran complejidad, se trata de
iniciar una etapa arquitectónica, con
un P.J. que es hoy una federación de
partidos provinciales, aunque mantiene un poder
territorial de tal envergadura que se convierte
en un garante de institucionalidad y
Es indudable que ocupar el Gobierno genera una
ventaja para la estructuración de organizaciones
políticas, pero entramos en una coyuntura
de mayor presión financiera, de puja
distributiva y de realineamientos de sectores
sociales y políticos, principalmente
de la oposición, dejando poco espacio
para que el oficialismo pueda rearmar alianzas.
Por el contrario, el kirchnerismo hace el esfuerzo
de no perder más piezas de las que le
descontaron las urnas.
Además,
están los movimientos sociales y los
grupos transversales. Los movimientos de base
que se autodefinen como peronistas se declaran
herederos de la tendencia revolucionaria de
los 70 y, por lo tanto, desconfiada de la mayoría
de los dirigentes sindicales y del armado pejotista.
Estas afinidades del oficialismo han llevado
a que el duhaldismo, el menemismo y otros sectores
tradicionales del justicialismo, lo califiquen
casi como una aberración del peronismo
histórico.
Si
Kirchner se quedara afuera del P.J.; su futuro
político se vería comprometido,
ya que con la otra pata no es suficiente, aunque
por el momento no parece que vaya a ocurrir
tal cosa. También, y desde una hipótesis
más extrema, podría darse la situación
al revés; Kirchner podría romper
y quedarse con una porción del P.J. Pero
eso también sería anticiparse
a los tiempos por venir, porque todavía
nadie sabe con cuántos soldados cuenta.
Se
supone, entonces, que el proyecto kirchnerista
será jugar en las posibles internas abiertas
del P.J. (el modo preferido serían las
primarias norteamericanas) que permitirá
a muchos transversales votar y, además,
contar con una porción del peronismo.
Si de este modo no llegara a ser candidato,
ser árbitro o elector del candidato.
FUENTE:
http://www.periodicodeloeste.com.ar