Por los años cuarenta a Buenos Aires
le crecían palacios presuntuosos copiados
de Europa, extensas avenidas y una costanera
para extasiarnos frente al río más
ancho del mundo. Y por venderse allí
más libros y diarios que en ningún
otro lugar de América Latina, la porteñidad
se envanecía aunque sus calles eran ajenas
a tantos arrabales de visitar en verdosos tranways
de doble piso, y personajes quizá sugeridos
por la literatura de Borges y otros escribas
de menor renombre. Ya de tiempo atrás
venía aquello de quebrar el paisaje volteando
el caserón familiar y hemos visto por
Esmeralda y Sarmiento, pleno centro, aguantar
más de lo posible a uno de fachada gris
y jardín interior que exhibía
una enredadera testigo de que por allí
también habría verdecido la llanura.
Ciudad engreída de ser la más
europea de América, aunque en verdad
fuera un rejunte de suburbios sin prestigio
si ningún tanguito no los pontificara,
- tarea para algún guitarrero de patio-
y cuánta pena por Villa del Parque, San
Cristóbal o Versalles, sin registro poético
por calzar nombres de infructuosa rima. Y ni
mencionar sus costados hacia la provincia, si
al sur la inundación y el resto límites
con la pampa.
En
esa época de Guerra Mundial pero allá
lejos, los habituales a bares con billares y
rincones de meditar esas cosas de la vida, que
para eso están, veneraban esos hábitos
como exclusivos mientras en silencio y sin consignas,
sus mujeres desechaban las medias de muselina,
acortaban su vestido cada tarde y pese a las
sonseras vaticanas de púlpito dominguero,
reiteraban sin alegatos feministas con
nosotras no se puede. Eso que hoy indica
la sensatez...
Igual,
y como la perpetua inequidad hacía crujir
la osamenta del mundo, en Buenos Aires crecían
ansiosos actores por entrar en la comedia como
fuera, y en retirada muchos aspirantes a nobleza
por ir cada domingo al hipódromo. Esos
ingenuos engrupidos de curtir el Deporte de
los Reyes y que ensayaban su porteñidad
saludando que tal, che al mozo del
bar, una contraseña denostada por Juan
García, aragonés irreductible
que apodara mozaicos a los colegas
gallegos que permitían aquel tuteo. Ciudad
con sus ribetes y aunque muchos soñaran
con París, los autos iban por izquierda
estilo Londres, si de alquiler eran de color
variado y los tranvías rugían
su reglamento de dueños ingleses. Pero
en aquella lejanía sudamericana sobraban
lectores de Roberto Arlt, cronista que hasta
1943 lineara trazos de las faunas subterráneas,
del controversial Hugo Wast y el poeta Raúl
González Tuñón, aquel de
todo pasó de moda como la moda,
los angelitos de los cielorrasos, los mozos
que tomaban la vida en joda y las lágrimas
blancas de los payasos.
Por
ahí el hombre medio admiraría
la efectividad de Alemania y sin ensalzar mucho
a Hitler, no hubo reproche cuando la Luftwaffe
sepultó a Guernica en la mierdosa guerra
de los españoles, una impiedad que dejó
lágrimas profundas en los conventillos
de la periferia y ayudara a un quiebre conceptual.
Pero más tarde ni Auschwitz o Hiroshima
serían titulares de reclamar por la masacre,
porque en mi Buenos Aires querido, comarca pacata,
no se vociferaba en lugar público y ser
gente de familia era irrenunciable. Una metálica
realidad que demolió una muchachada fabriquera
junto a unos muy pocos seguidores del melenudo
socialista Alfredo Palacios que remaban su consigna
en las bibliotecas, una mañana desparramaron
su reclamo a pertenecer a puro grito. Ese imprevisto,
- contradicción social si
no se entiende- de repente entró a caminar
por calles y veredas y divisado desde lejos.
No hubo millones de obreros manifestando ese
día 17 de octubre de 1945, por supuesto,
pero un gentío inusual se agrupó
en los sitios menos esperables y sin consigna,
bombo ni marcha partidaria inquietó a
los sabios del análisis y la nada protocolar.
Esos simbólicos padres y abuelos de la
actual Sociedad Rural y de otros primates contrarios
a convalidar hasta una ley de radiodifusión
aprobada en el Senado Nacional, que por ser
antimonopólica y derogar a la dictada
por el último proceso militar, es ya
civilizadora.
Aquel
17 de octubre fue un sacudón en
el cimiento social y como al otro día
cualquier ama de casa comentaría, los
de clase transitoria que veraneaban en la playa
se sintieron preocupados de verdad. Esos que
hoy se agrupan en barrios nombrados en inglés
y demás tilinguerías, siguen sin
entender cómo aquel gentío de
frigorífico y talleres suburbanos, ellos
y ningún otro, construyeron ese día
a Perón en referente indiscutido de la
liberación del obrero ante el patrón.
Ese proceso psicológicamente liberador
que desde el llano demanda generaciones de lucha,
por su inusitada brevedad al peronismo le resultó
suficiente para quedarse lícitamente
dentro de la estructura social. Esa imprudencia
laburante al creyente de sombrero y corbata
obligatoria le pareció un ademán
extraño, y el fondo revulsivo del perón
perón qué grande sos no
lo inquietaría mientras no le encabritara
la caballada ni las hectáreas de familia
educada. Pero al Poder de verdad que nunca duerme,
aquel yo te daré te daré
una cosa que empieza con p, Perón,
que aquel mediodía recogiera Leopoldo
Marechal en su balcón de la calle Rivadavia,
más el perón perón
qué grande sos, lo inquietaría
sin joda. Y aunque Spruille Braden en la embajada
yanki hizo una movida que favoreció a
Perón, ellos y los de siempre entraron
a mezclar pícaros contra tantos marginales
recién venidos y apurados en hacer la
revolución. Sin duda el peronismo hizo
cuánto pudo, ver estadísticas,
tan peligroso a la herencia sagrada de
nuestros mayores, Argentina granero del mundo
y como Dios es argentino la fiesta es de nosotros.
Y de a poco fueron participando vendedores de
humo, burócratas, gente de mala leche
y profetas de una dicha incierta, a entorpecer
nuestra historia con otro juego más siniestro
y sangriento. Y ese es casi otro asunto.
(octubre
del 2009)