Por Guillermo Compte Cathcart
"Las centenarias, tambaleantes casas
en ambos lados parecían vivas con una
malignidad plena y mórbida; como si algunos
- hasta aquí cerrados - canales secretos
de inteligencia malvada se hubieran expuesto
abruptamente. Yo sentí que esas paredes
y triángulos colgantes de ladrillos enmohecidos
y yeso y madera cubiertos de hongos - con olor
a pescado, y los paneles de las ventanas que
parecen ojos que miran de soslayo - difícilmente
desistirían de avanzar y aplastarme...
Yo sólo había leído un
fragmento mínimo de esa runa blasfema
antes de cerrar el libro y llevármelo."
H. P. Lovecraft, The Book
" Pánico: Se dice del miedo extremado
o del terror producido por la amenaza de un
peligro inminente, y que con frecuencia es colectivo
y contagioso. // tener ~ a alguien o algo."
Diccionario de la Real Academia Española
En el texto de H. P. Lovecraft - el gran escritor
nacido en Providence y autor del magnífico
En las Montañas de la Locura - el personaje
roba un libro para adquirir "saberes ocultos"
(una forma de Poder) y escapa sintiéndose
perseguido por el propietario de lo robado.
Es decir, "tiene miedo a alguien (el dueño
del libro) o a algo (a las paredes que responden
a esa persona)".
No es extraño, entonces, que quien ocupa
el lugar que corresponde a otro, obtenido con
malas artes, sienta pánico por la persona
a quien despojó y por las obras que esta
realizó.
Este síndrome suele conocerse como "la
pesadilla del usurpador" o "el castigo
del advenedizo".
Esta enfermedad no es nueva en la Argentina.
Quienes hicieron posible que Belgrano muriera
en la miseria y en la soledad; que San Martín
sufriera sus tres exilios; que Dorrego fuera
fusilado, que Quiroga no pasara de Barranca
Yaco, que Rosas expirara desterrado en Inglaterra
y que el nombre de Perón no pudiera ser
mencionado por el pueblo con un decreto gorila
y que las obras que realizó fueran borradas
de la faz de la tierra (una aplicación
sistemática del axioma: "Ni el polvo
de sus huesos la América tendrá),
padecieron durante todo su crimen los monstruos
nocturnos del pánico implacable.
De esta "permanente presencia" de
la Sombra del Usurpado en la mente del usurpador
nos da una magnífica explicación
la mitología: El Dios Pan induce el pánico
en quien se anima a recorrer senderos que le
están vedados a aquellos que no tienen
el Don para hacerlo.
Porque no todos tienen ese "óleo
de Samuel", indispensable para abrir caminos
nuevos, conducirse en ellos, y menos, conducir
a Otros por ellos.
Como se decía a lo largo y a lo ancho
de las pulperías bonaerenses de antaño:
"El recién llegado no tiene uñas
para guitarrero".
Tiene la guitarra pero los oyentes se refugian
en la memoria de la verdadera música,
la ejecutada por el verdadero guitarrero, y
comentan entre ellos y con los Otros, los patéticos
intentos que el replicante hace con las cuerdas.
Sus desaciertos se convierten así en
la comidilla de todo el pago y de él
se burlan socarronamente en las fiestas comunitarias.
Por eso, trata de evitar el contacto cara a
cara, para no sentir la vergüenza de sus
actos y malandanzas.
Si pudiera subirse a una bandada de patos laguneros,
lo haría para poder mirar desde arriba
a los vecinos y evitar así, el escuchar
las murmuraciones que despierta su sola presencia.
Y, si alguno le reprocha haber hecho con la
domesticación de las aves que lo llevan
de un lado a otro un gasto innecesario, proclamará
a los cuatro vientos que adopta tal metodología
para protegerlos a todos del Lobizón
y de la Cruz Mala.
No sé pretexto inventaría para
contestar a quien le dice que tal inocente explicación
contradice el gran movimiento que hace de policías
para proteger edificios, comercios de amigos
y parientes. (Cualquiera sabe que un pato-remis
no le hace ni cosquillas al Séptimo Hijo
Varón).
También explica todo lo dicho el cambiar
los nombres de todas las cosas, pintar obsesivamente
los alambres de los potreros, atrapar a las
molestas mariposas que alteran la monotonía
del paisaje e insistir en la apertura de nuevas
entradas y salidas en el Palacio usurpado.
Pero lo más grave, es que con maestros
que integran su séquito, pretenden vanamente
impedir que la región progrese gracias
a una Universidad Nacional, usando el cómico
recurso de peticionar una simple academia de
corte y confección de bombachas de campo.
En estos ejemplos, la ficción le gana
a la realidad pues el personaje de Lovecraft
roba un libro para leerlo y tener conocimientos.
Los engendros que habitan la cotidiano, quieren
quemar los libros para evitar que el Pueblo
mejore su innata sabiduría existencial
y sepa descubrir a los zorrinos modernos vestidos
de ovejas electrónicas, que nos quieren
vender gato por liebre.