Semanario Político de la Tercera Sección
   
Acordar o perecer: el desafío del postkirchnerismo en el Congreso
Frente a los Kirchner, la oposición sólo tiene el poder de ser mayoría, si y sólo sí, todos se ponen de acuerdo. Algo que no es demasiado probable que suceda, salvo luego de enormes esfuerzos personales.


Por Silvia Mercado

“Una vez me contó Arturo Jauretche que Yrigoyen, cuando se estaba muriendo casi en soledad mientras el país era sacudido por una crisis, les había dicho a él y a Homero Manzi: "Radicales, hay que comenzar de nuevo". Esto me quedó grabado. Hubo un momento en que pensé: peronistas, hay que comenzar de nuevo. Ahora pienso, simplemente: hay que comenzar de nuevo”. Aníbal Ford

El 10 de diciembre termina la hegemonía de los Kirchner. Y una era de concentración del poder público y privado como nunca se vivió en la Argentina desde 1983. Nada cambiará drásticamente. Concientes como nadie de que su derrota electoral es definitiva, tomaron la precaución de votar todo lo que necesitarán para seguir controlando la gestión con el estilo que les gusta, ese que tanto desprecian las mayorías.

Ya se sabe, además, que la oposición está dispersa, sin liderazgos claros, y carece de cualquier eje ordenador con el cual acelerar la instalación de un poder nuevo. Del lado del oficialismo, en cambio, Kirchner tiene la batuta ordenadora de “la caja” y una variada gama de instrumentos de domesticación, desde el aparato de espionaje más poderoso desde la dictadura militar, hasta la organizaciones sociales dispuestas a servirle como grupos de choque, pasando por todas las instituciones del Estado preparadas para atacar a quienes consideran enemigos. Mientras ayuda los que consideran amigos, claro.

Frente a los Kirchner, la oposición sólo tiene el poder de ser mayoría, si y sólo sí, todos se ponen de acuerdo. Algo que no es demasiado probable que suceda, salvo luego de enormes esfuerzos personales.

Conversando con LPO, Eduardo Amadeo, diputado electo del peronismo disidente, dijo que “Argentina está ante una situación inédita: vamos a un régimen parlamentario de hecho en un país acostumbrado al presidencialismo; nadie podrá cambiar el estado de las cosas solo, y aunque esto pueda parecer muy malo, porque sin duda retrasará todo, también pondrá al sistema político ante el desafío de aprender a construir entre todos o perecer. “

Y sin ocultar sus dudas ni su entusiasmo, aseguró: “Paciencia, humildad y capacidad de negociación no fueron virtudes de la política argentina, ni tampoco características valoradas por el argentino medio, pero como no tendremos otro remedio, creo que lo vamos a lograr”.

Algo de esto se viene experimentando en la Ciudad de Buenos Aires. Aquí, no existe la menor posibilidad de que el Poder Ejecutivo imponga nada. No es así desde que gobierna Macri solamente. Lo mismo les sucedió a todos los jefes de gobierno elegidos por el voto popular. Cada proyecto que envía la administración porteña pasa por la lupa de la negociación entre todos los bloques, porque ninguno tuvo mayoría propia y jamás pudieron contar con una escribanía en la Legislatura de la Ciudad.

Lo curioso es que esa imposibilidad del Jefe de Gobierno para decidir políticas sin negociación con otras fuerzas, que por supuesto demora la gestión, y exige un sistema de toma y daca permanente, que enfurece a los espíritus ejecutivos, es lo que permite que la Ciudad de Buenos Aires sea el distrito con mayor cantidad de políticas de Estado de todo el país, que sobreviven a administraciones de muy diverso signo ideológico, y que jamás restaron gobernabilidad.

Desde la red de subterráneos que ahora está parada por decisión del Gobierno nacional, hasta el programa La Legislatura en la Escuela que promueve el aprendizaje vivencial de la democracia, pasando por la política de endeudamiento que, por ejemplo, hizo de la Ciudad de Buenos Aires uno de los pocos gobiernos que no entró en default ni tuvo cuasimonedas, las cosas que funcionan, no dependieron jamás de una sola fuerza política.

Es verdad que no son muchas. Pero existen. Y es lo que hace que Buenos Aires nunca se vaya al tacho del todo, aunque no reciba prácticamente ayuda de la Nación.

Además, las gestiones (ejecutivas o legislativas) se hacen con la lupa de los medios de comunicación porteños, que en realidad son nacionales, poderosos, muchísimos, diversos, con enorme capacidad de influir en la agenda de debate cotidiano, ya sean chicos, medianos o grandes. Es que el consumo de noticias en la Ciudad es descomunal, y todos saben o quieren saber de todo, todo el tiempo.

La explicación tal vez tenga que ver con que todo aquí empezó muy mal. Cuando la democracia volvió en el 83, a los intendentes no los elegía el pueblo y los concejales parecían miembros de barras bravas. Esos tiempos fueron inmortalizados por el periodista Fernando Carnota en el libro “El Palacio de la Corrupción”, que recibió tantas amenazas que hasta llegó a creer que no viviría para contarla.

Hoy eso es inimaginable en la Ciudad. Y aunque los opositores a Macri le endilguen haber armado una “Gestapo” o lo critiquen por los agresivos métodos de la UCEP, es evidente que aunque ideológicamente quisiera, el Gobierno porteño no puede avanzar sobre los derechos ciudadanos.

El antecedente de la Legislatura

Como toda democracia, la porteña tiene muchos defectos. Pero está basada en un pilar central, que es la Legislatura, que no está dominada por ningún partido y donde toda la diversidad política de los vecinos tiene su representación y su cuota de poder.

Tanto es así que ahora, incluso, los partidos minoritarios van por más, y ya le avisaron al oficialismo que no aceptarán que el PRO tenga mayoría en ninguna comisión y que las presidencias tienen que tener exactamente el porcentaje que les corresponde por la cantidad de legisladores que obtuvieron. Es decir, si hasta ahora el PRO presidió el 58% de las comisiones, porque no se respetó ese porcentaje, ahora sólo podrán presidir el 51%.

A Macri no le va a gustar gobernar así. Pero es difícil que pueda evitarlo. Todo indica que los 15 bloques opositores están encontrando un piso de acuerdo básico, que lejos de poner en riesgo la gobernabilidad, lo que busca es ser parte activa en la institucionalidad porteña, ayudando a gobernar con instrumentos legislativos más representativos del conjunto de la población, y garantizando políticas de largo plazo.

Las negociaciones y los acuerdos políticos son trabajosos, y nunca tienen buena prensa. En términos de imagen, las denuncias son más rentables para los legisladores. Pero lo que de verdad funciona en la Ciudad, es porque muchas fuerzas políticas y organizaciones civiles de todo tipo están involucradas. Obvio que también lo que no funciona viene de acuerdos, aunque espúreos.

Pero con todos sus defectos, el modelo de gestión no hegemónica de la Ciudad de Buenos Aires, es la prueba de que un camino de acuerdos entre toda la oposición es difícil, pero posible. No pone en riesgo la gobernabilidad y se mejora con más democracia, más transparencia, más negociación. Exige vocación pública en serio, alejada del mesianismo berreta de estos tiempos. Y estar convencido de que ninguna solución vendrá desde arriba, sino de un paciente trabajo de construcción colectiva.


FUENTE: www.lapoliticaonline.com