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La
historia cuenta que el 17 de octubre de 1945 fue el
día en que una gigantesca masa de trabajadores rodeó
a un gobierno de facto para pedir por la liberación
de un líder llamado Juan Domingo Perón. Lo que la historia
no dice es que, si no hubieran sucedido algunas cosas
luego de esa fecha, ese día no hubiera sido más que
una insignificante efeméride en el almanaque peronista.
Sin
embargo, esa fecha se universalizó porque, les guste
o no a todos los argentinos, el 17 de octubre perteneció
a los trabajadores, ellos lo protagonizaron y ellos
recibieron el beneficio tiempo más tarde. No fue Perón
quien los llamó. Fueron los obreros quienes llegaron
por propia voluntad, autores materiales e intelectuales
del día en que decidieron cambiar su propio destino
de postergación y explotación.
Detrás
de la reivindicación que el peronismo enarbola como
una fecha propia, la verdad escondida es que el 17 de
octubre no existía el peronismo, sino una ansiedad social
que venía arrastrando décadas de explotación, miseria
y exclusión, motivos suficientes, claro, para hacer
reventar la historia de la manera en que se hizo.
El
17 de octubre no fue el día en que Perón fundó el Partido
Peronista, sino el día en que los trabajadores argentinos
tomaron real conciencia del poder de la masa que poseían
y metieron las patas en la historia. Fue el día en que
los obreros supieron que podían ser autores de su propio
destino. Entendieron que existían y que ese poder podían
otorgárselo a quien ellos desearan, y eligieron al entonces
coronel Juan Domingo Perón.
Es
el día de la Lealtad para la liturgia justicialista,
pero el 17 de octubre es también el Día Internacional
para la Erradicación de la Pobreza, declarado así, en
1992, por la Asamblea General de la Organización de
las Naciones Unidas. Curiosa coincidencia si se tiene
en cuenta que, a partir de ese día, en Argentina, las
clases postergadas dejaron de vivir en la indigencia
para hacerlo en un país con pleno empleo gobernado por
un Estado benefactor.
La
lealtad
La
lealtad, entonces, no puede entenderse de una sola manera,
como muchos dirigentes justicialistas lo quieren hacer
ver. La lealtad no es patrimonio de los arriba para
exigir pleitesía a los de abajo o acompañamiento a los
que pierden en las internas del Partido Justicialista.
La lealtad, bien entendida después del 17 de octubre,
es el servicio que un gobierno le presta al pueblo.
Algo que nunca más volvió a suceder desde 1955.
Lealtad
debería entenderse como la obligación de un gobierno
justicialista para con toda la masa trabajadora y, hoy
más que nunca, lealtad del justicialismo kirchnerista
para con toda la masa desocupada, que alcanza a cerca
de 15 millones de personas en todo el país, entre mano
de obra esclava, trabajadores en negro, subempleo, planes
sociales, jóvenes que no acceden a su primer trabajo,
adultos que para el mercado son inútiles y miles de
mujeres que son explotadas ante la necesidad que tienen
de darles de comer a sus hijos.
Las conquistas
Pero
hoy se habla del 17 de octubre porque existió, precisamente,
esa lealtad de Perón para con quienes tomaron de prepo
la Plaza de Mayo para pedir su liberación. Una lealtad
que se puede explicar, simplemente, en hechos concretos,
para que quien quiera entender que entienda.
Se
crearon industrias livianas para dar trabajo y crear
un shock distributivo y de consumo de manera urgente
y se fortalecieron las industrias pesadas para alimentar
la materia prima de las anteriores. Se nacionalizaron
los servicios para generar puestos de empleo genuinos,
como ferrocarriles, gas, teléfono, usinas eléctricas
y flota fluvial.
Se
estableció la gratuidad de la enseñanza universitaria,
se sancionó el voto femenino, se estableció la igualdad
de la patria potestad en el matrimonio y se derogó la
ley que establecía la discriminación entre hijos legítimos
e ilegítimos.
Durante
el primer gobierno peronista, el componente salarial
del ingreso nacional (53%) superó, por primera vez en
la historia, a la retribución obtenida en concepto de
ganancias, intereses y renta de la tierra (47%) y hacia
1947, por primera vez, la industria manufacturera participaba
en la formación del Producto Bruto Interno (PBI) con
un porcentaje superior (22,8%) al de la agrícologanadera
(20,1%).
Según
un minucioso estudio del Sindicato de Farmacia, sólo
en la industria, y durante su primer año de gobierno
(1946), el peronismo inauguraba su gestión con más de
86 mil establecimientos que empleaban, en Buenos Aires,
a más de 800 mil obreros. Pero esa mano de obra estaba
conformada, en parte, con la enorme inmigración de peones
de campo que fueron instruidos por el gobierno para
pasar a ser mano de obra calificada industrial.
Se
crearon el estatuto del peón, el de los derechos del
trabajador, los derechos de la ancianidad, los convenios
colectivos de trabajo, la ley de previsión social, la
ley de accidentes de trabajo, la ley de vivienda obrera,
el sueldo anual complementario, la mutualidad sindical,
las escuelas sindicales, la ley de creación de la justicia
del trabajo, los regímenes de jubilación, las reglamentaciones
de las condiciones del trabajo y del descanso y las
proveedurías sindicales, por decir una parte.
Sólo
durante el primer plan quinquenal (1946 - 1951) se construyeron
350 mil viviendas para empleados y obreros en toda la
República. Ya en el segundo plan quinquenal, hasta 1955,
se construyeron otras 150 mil y más de 10 millones de
trabajadores recibían aguinaldo.
En
cuanto a la organización sindical, si en 1945 existían
500 sindicatos agrupados en tres centrales obreras (Unión
Sindical Argentina, CGT 1 y CGT 2), con apenas un millón
de afiliados, en 1955 existió una sola central (CGT)
de 2.500 sindicatos, con más de seis millones de afiliados.
Se
creó el Consejo Nacional de Investigaciones Técnicas
y Científicas (CONITYC), la Dirección Nacional de Investigaciones
Técnicas y Científicas y la Comisión Nacional de Energía
Atómica.
Se
construyó el primer Alto Horno en Zapla, se formó SOMISA
(Sociedad Mixta Siderúrgica Argentina), y se eliminó
la enseñanza religiosa en las escuelas. Con un ministro
como Ramón Carrillo, se crearon infinidad de salas de
primeros auxilios y hospitales públicos (Policlínicos
de Lanús, de Avellaneda e Instituto del Quemado, por
nombrar algunos) y en el Primer Plan Quinquenal se duplicaron
las camas y se erradicaron el paludismo y otras enfermedades
endémicas.
Las
frases hechas contra Perón
Sin
embargo, y luego de enumerar la abrumadora política
social, todavía hoy muchos critican semejante proyecto
de gobierno, como las clases altas, que sólo se dedicaron
a abastecer a la historia de frases hechas y lugares
comunes sobre Perón, llamándolo "el tirano prófugo",
prohibiendo, incluso, pronunciar su nombre.
Pero
otras cifras tampoco dejan mentir y hablan a las claras
de que se trató de racismo de parte de quienes acusaron
a Perón de nazi: la oligarquía ganadera de los Martínez
de Hoz, los mismos que bombardearon la Plaza de Mayo
y asesinaron a 350 personas, fusilaron a peronistas
y escribieron la más nefasta parte de la historia argentina
de 1976 a 1982.
Según
un pormenorizado trabajo del Centro de Estudios Históricos
de la Universidad Nacional de Mar del Plata, entre 1946
y 1950 el Banco de la Provincia de Buenos Aires entregó
créditos que oscilaron entre 30.000 y 1.750.000 pesos
moneda nacional a importantes empresas ganaderas e inmobiliarias
como Juan Berisso S.A., Adolfo Bullrich S.A., Uribelarrea
S.A., Estancias Bella Vista, y La Agrícola Ganadera
S.R.L, entre otras.
Además,
consignatarios y empresas agrícolas también obtuvieron
créditos de entre 2.000.000 y 5.000.000 de pesos moneda
nacional: Dreyus Ltda.; La Plata Cereal S.A.; Eximport,
Bunge y Born y Molinos Río de la Plata S.A. son algunos
de los muchos ejemplos.
Sobre
los argumentos nazis que esgrime la ultraderecha (justo
la ultraderecha) hay muchas otras cosas para decir a
quienes apoyaron la política del eje Aliado en franca
comparación con el peronismo.
En uno de los capítulos del libro "Negocios son negocios",
del periodista y economista Daniel Muchnik, el autor
se refiere a las relaciones políticas y financieras
establecidas entre el nazismo y el gran capital norteamericano
e inglés, que veían en Hitler "un freno al comunismo".
Según
el periodista, Ford, General Motors, Dupont, el Chase
Manhatan Bank, la Texaco y la Standard Oil, más la Imperial
Chemistry Industries y la Shell, de Inglaterra, desarrollaron
importantes negocios con los nazis antes de la guerra
y financiaron al partido de Hitler (Henry Ford comenzó
a financiar a los nazis en 1922, mucho antes que la
mayoría de los grandes capitalistas alemanes, elemento
harto sabido en su biografía).
Muchnik
cuenta que los soldados norteamericanos que desembarcaron
en Normandía se sorprendieron al enfrentar tropas alemanas
que se movilizaban en camiones Ford y Opel (subsidiaria
alemana de la GM). Pero uno de los aspectos más repugnantes
de esta colaboración, es que los campos de concentración
nazis eran, también, campos de trabajo esclavo judío.
Los
aliados se negaron a bombardear estas instalaciones,
en parte, porque estaban asociados a sus propietarios
(como ya se mencionó, el caso de las empresas Farben,
ICI y Dupont) o porque esperaban apropiarse de ellos
al fin de la guerra.
El
presente
Parece
increíble que hoy, a 61 años de una fecha que marcó
el comienzo de un país con justicia social, unos pocos
se hayan encargado de dejar en ruinas a esa Argentina
que se construyó en sólo ocho años (1946-1954).
Para
muchos jóvenes, por ejemplo, el 17 de octubre no es
más que una fecha privativa del Justicialismo en la
que algunas personas mojaron sus pies en una fuente.
Esa
foto histórica que nos legaron los diarios opositores
marca la realidad de una época e ilustra que ese "aluvión
zoológico", como un xenófobo bautizó a esa multitud,
se atrevió a ponerse de pie para reclamar sus derechos
y no dejarse pasar por arriba por una turba de malhechores
con botas militares y olor a bosta.
Pudo
no haber existido esa fecha si algún otro Presidente
se hubiera tomado la molestia, antes, de hacer algo
por los pobres, pero fue Perón quien después honraría
aquella movilización de masas que hizo temblar las estructuras
de un poder conservador que, de manera apabullante,
asistía a una rebelión popular capaz de socavar sus
dominios.
La
oligarquía terrateniente asistió horrorizada a una revolución
que iba a cambiar un modelo que llevaba más de un siglo
enquistado en el poder (de agroganadero a industrial)
y miró espantada cómo se producía, por primera vez en
la historia argentina, la más extraordinaria y justa
transferencia de recursos de una clase a la otra, estableciendo
así la más equitativa redistribución del ingreso jamás
vista hasta el día de hoy.
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