Semanario Político de la Tercera Sección

- Informe Especial-

La Pascua en la que la casa no estuvo en orden
A 20 años del levantamiento carapintada que puso en vilo a todo el sistema democrático, un breve análisis de lo ocurrido en aquel entonces.
Por Ruben Molina.
rubenmolina@politicadelsur.com.ar
Fue una sensación rara, como agridulce, la que sentí aquel domingo de Pascua de 1987, luego del "Felices pascuas, la casa está en orden" declarado por el presidente Raúl Alfonsín. Era la primera vez que me automovilizaba en defensa de algo que sentía mío y que no quería perder, ni que lo perdieran mis descendientes. Hablo de la DEMOCRACIA. Llegué a la histórica Plaza de Mayo junto con amigos que pensaban igual y que jamás tuvieron ni tienen militancia política alguna.

Aún recuerdo la transmisión especial de la "Rock and Pop", y sobre todo a Lalo Mir y a Mario Pergolini recomendando que los que fuéramos a la plaza lo hiciéramos con remeras de color claro por el intenso calor que hacía. También rememoro las palabras de mi padre que al partir me dijo: "estoy orgulloso de vos". Apenas tenía 19 años.
Pero fue raro, realmente fue rara esa jornada.

Con el tiempo uno pudo entender algunas cosas. Otras, tal vez nunca las entienda. Por ejemplo, cómo no se pudo haber llegado a un desenlace distinto del que se llegó. Recuerdo que en el balcón de la Casa Rosada estaban, sin distinción partidaria alguna, los principales dirigentes del país de aquel entonces. Todos apoyando el sistema democrático y al presidente Alfonsín.

El levantamiento carapintada, encabezado por Aldo Rico, se manifestó como rechazo a la continuidad de los juicios a los militares involucrados en la represión y desaparición de ciudadanos durante la última dictadura, juicios que avanzaban sin hacer distinción de rango alguno. Y tuvo como consecuencia la sanción de las leyes de "Punto Final" y "Obediencia Debida". Una especie de semi amnistía.

Es cierto, el gobierno del doctor Raúl Alfonsín hizo lo que otros no se animaron en toda Latinoamérica: enjuiciar y encarcelar a las cúpulas de las juntas militares de la dictadura. También es verdad que, lo que para algunos fue un "levantamiento militar", para otros fue el comienzo de un intento de golpe de Estado.

"Fue un tiempo difícil. Visto ahora, muchos dicen que hubiesen hecho otra cosa, pero también se olvidan de que el levantamiento de Semana Santa fue el inicio de un nuevo golpe militar", confesó el ex presidente Raúl Alfonsín en una charla con Noticias Argentinas.

Corroborando un poco esa idea, el fotógrafo presidencial Víctor Bugge (uno de los pocos que viajó en el helicóptero junto a Alfonsín hasta Campo de Mayo) relató esta anécdota sobre aquellos días: "Esa Semana Santa a la noche la pasamos mal. Yo me quedé a dormir acá (en la casa Rosada) porque Alfonsín se había quedado y a las dos de la mañana me llaman y me despiertan: 'mirá que se vienen para acá a tomar la Rosada'. Yo bajé descalzo, no me olvido nunca más, en patas, para no hacer ruido. Estaba todo oscuro. ¡Venían a tomar la Casa de Gobierno! Y me tropecé con un pibe, un colimba, que estaba temblando con la ametralladora en la mano. Creo que si hubiera tenido la mano en el gatillo habría hecho un desastre. Era un pendejo".

Aún hoy me pregunto qué habría pasado si el doctor Alfonsín no se hubiera reunido con Aldo Rico. ¿Hubiese sido posible un pueblazo? Muchas veces me pregunté si hubiera tenido el coraje de ir hasta Campo de Mayo tan sólo con un palo a enfrentarme con los carapintadas. Porque esa idea siempre estuvo en la mente y el corazón de todos los que estuvimos en la Plaza.

"Cuando Rico me citó en Campo de Mayo, muchos de mis colaboradores no querían que fuera. Lo van a matar, presidente, me dijo uno de mis ministros. Había que ir y hablar con ellos, no se negoció nada, se trató de preservar el sistema democrático", explicó hace poco Raúl Alfonsín en una entrevista radial.

Puede haber mucho de verdad en estas palabras del ex primer mandatario, pero uno se queda con esa sensación agridulce, porque éramos más, muchos más. Ellos, apenas un puñado de delirantes uniformados que lograron torcer la ley. Aunque tal vez también sea cierta aquella frase que dice que "hoy es fácil cazar los leones, cuando están enjaulados. Lo difícil era cazarlos antes, cuando estaban libres en medio de la selva".

Insisto, el recuerdo de aquella Pascua de 1987 es agridulce. Con la sensación de que la casa no estaba del todo en orden. Y creo que eso fue lo que sintieron muchos.

Esa Semana Santa significó un retraso en la investigación de numerosas causas contra los derechos humanos y en el enjuiciamiento de muchos militares involucrados.

Esa agridulce Semana Santa también representó el principio del fin del alfonsinismo.
Para algunos, el precio que se debió pagar para salvar la democracia.

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Los hechos de una semana poco santa

El 16 de abril de 1987, el teniente coronel Aldo Rico y un grupo de oficiales del Ejército argentino, conocidos como "carapintadas", se amotinaron en la Escuela de Infantería de Campo de Mayo para hacer un reclamo, amenazando, así, a un sistema democrático y tratando de poner contra las sogas a un gobierno legítimamente elegido por el pueblo.

Así resistían la citación que la Justicia le hiciera al mayor Ernesto Guillermo Barreiro (refugiado en el Regimiento de Infantería Aerotransportada, en Córdoba, declarado también en rebelión) por su participación en la represión de la dictadura militar que once años antes, el 24 de marzo de 1976, había tomado al Estado por asalto.

Los insurrectos solicitaban, con las armas nuevamente levantadas contra el pueblo, "el cese de la campaña de agresión de los medios de comunicación contra las Fuerzas Armadas, un aumento del presupuesto para esas fuerzas, la elección de un nuevo Jefe del Estado Mayor del Ejército, de entre cinco postulantes que ellos propondrían y la exculpación para todos aquellos que hubieran participado en los hechos que se estaban sucediendo".

Mientras tanto, en todo el país, la gente se agolpó en las calles y las plazas para expresar su apoyo al gobierno constitucional y su repudio a la actitud de los "carapintadas". Hacía apenas tres años (1983) que acaba de terminar la última dictadura militar y que la Unión Cívica Radical ganara las elecciones por amplia mayoría.

Luego de varios intentos para solucionar la crisis, fue el mismo presidente de la Nación, Raúl Alfonsín, quien tuvo que hacerse presente en Campo de Mayo para lograr que Rico depusiera su actitud. Esto fue comunicado rápidamente a la gente reunida en la Plaza de Mayo.

Inmediatamente se produjo la sustitución del general Héctor Ríos Ereñú como Jefe del Estado Mayor por el general José Dante Caridi. Pocos días después, Alfonsín envió al Congreso el proyecto de Ley de Obediencia Debida, promulgada el 8 de junio de ese mismo año, que sólo admitía el procesamiento de quienes se desempeñaban por encima del rango de brigadier, es decir, aquellos que habían impartido órdenes y que habían contado con capacidad operativa para ejecutarlas. Hubo sólo una excepción: era el caso de los delitos de sustitución de estado civil y de sustracción y ocultación de menores.
"Si quienes dieron las órdenes van a la justicia no tenemos ningún problema en ir todos a la justicia -decía Aldo Rico-, pero ningún hombre de bien, que vista uniforme militar, puede ampararse escudándose en el sacrificio de sus subalternos".

La actitud política y pública frente al alzamiento fue casi uniforme. Suscribieron el Acta de Compromiso Democrático, oponiéndose a la actitud de los militares, sin dejar de reconocerles varios grados de responsabilidad en la represión, la izquierda representada por el PC, los partidos de centro como la UCR, el PJ, el Partido Intransigente (del fallecido "Bisonte" Oscar Allende), y el Socialista. Incluso se sumaron al repudio la Unión de Centro Democrático (UCD), liderada por el golpista y ultraliberal economista Alvaro Alsogaray, y la ultraderechista Democracia Cristiana.

Este último punto llevó a las fuerzas de la ultra izquierda (el MAS, el PCR, el PO, y Madres de Plaza de Mayo) a distanciarse del grupo de los firmantes. Manifestaciones populares se hicieron presentes en Campo de Mayo y la Plaza de Mayo, exigiendo la rendición de Rico (y todos los sublevados) que, un año más tarde, increíblemente, huiría de su prisión en Campo de Mayo y volvería a levantarse en armas tomando el regimiento de Monte Caseros.

Alfonsín parlamentó con Rico en Campo de Mayo, acordando las condiciones de la rendición, en lo que se le cuestionaría luego como "un acto de debilidad política". A su regreso, desde el balcón de la Casa Rosada, anunciaría la capitulación de los amotinados con la famosa frase: "Felices Pascuas, la casa está en orden".

Barreiro huyó y fue capturado dos semanas más tarde. Tanto él como Rico pasarían a manos de la justicia, Barreiro a la militar y Rico a la civil, siendo juzgado en San Isidro por insurrección. Finalmente, meses más tarde, la ley de Obediencia Debida satisfaría algunos de sus reclamos. Rico fue el único que permaneció en prisión, que debía cumplir en la Escuela de Suboficiales de Campo de Mayo a la espera del juicio.

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Raúl Alfonsín: "Lo viví con dolor"

Dieciséis años más tarde, en agosto de 2003, cerca de las elecciones que consagrarían al actual presidente de la Nación, Néstor Kirchner, Raúl Alfonsín recordaría aquellos días como un impacto muy fuerte, en un reportaje concedido al diario Clarín.

¿Cuál fue el momento más angustiante de su gobierno?
- El impacto mayor lo sufrí con el levantamiento de Aldo Rico en Semana Santa. Fue un impacto muy fuerte a pesar de que los jefes de Estado Mayor me venían diciendo cómo estaban las cosas en las fuerzas y cómo eran los problemas. Por eso ya habíamos pensado en cierta forma en la ley de Obediencia Debida. Yo lo había anunciado antes de lo de Rico. La gente atribuye la ley a una supuesta negociación. No es cierto. Y el mismo Rico lo reconoció.

Pero fue un retroceso...
- Lo viví con dolor. Pero cuando empezaron los tribunales a llamar a militares de menor jerarquía y no se presentaban, comprendí que en pocos meses se me desgranaba el poder. Entonces volví a lo que ya había dicho sobre las responsabilidades mayores: las juntas militares, los jefes de cuerpo

 

 
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