Fue
una sensación rara, como agridulce, la que sentí
aquel domingo de Pascua de 1987, luego del "Felices
pascuas, la casa está en orden" declarado
por el presidente Raúl Alfonsín. Era la
primera vez que me automovilizaba en defensa de algo que
sentía mío y que no quería perder,
ni que lo perdieran mis descendientes. Hablo de la DEMOCRACIA.
Llegué a la histórica Plaza de Mayo junto
con amigos que pensaban igual y que jamás tuvieron
ni tienen militancia política alguna.
Aún recuerdo la transmisión
especial de la "Rock and Pop", y sobre todo
a Lalo Mir y a Mario Pergolini recomendando que los
que fuéramos a la plaza lo hiciéramos
con remeras de color claro por el intenso calor que
hacía. También rememoro las palabras de
mi padre que al partir me dijo: "estoy orgulloso
de vos". Apenas tenía 19 años.
Pero fue raro, realmente fue rara esa jornada.
Con el tiempo uno pudo entender algunas
cosas. Otras, tal vez nunca las entienda. Por ejemplo,
cómo no se pudo haber llegado a un desenlace
distinto del que se llegó. Recuerdo que en el
balcón de la Casa Rosada estaban, sin distinción
partidaria alguna, los principales dirigentes del país
de aquel entonces. Todos apoyando el sistema democrático
y al presidente Alfonsín.
El levantamiento carapintada, encabezado
por Aldo Rico, se manifestó como rechazo a la
continuidad de los juicios a los militares involucrados
en la represión y desaparición de ciudadanos
durante la última dictadura, juicios que avanzaban
sin hacer distinción de rango alguno. Y tuvo
como consecuencia la sanción de las leyes de
"Punto Final" y "Obediencia Debida".
Una especie de semi amnistía.
Es cierto, el gobierno del doctor Raúl
Alfonsín hizo lo que otros no se animaron en
toda Latinoamérica: enjuiciar y encarcelar a
las cúpulas de las juntas militares de la dictadura.
También es verdad que, lo que para algunos fue
un "levantamiento militar", para otros fue
el comienzo de un intento de golpe de Estado.
"Fue un tiempo difícil. Visto
ahora, muchos dicen que hubiesen hecho otra cosa, pero
también se olvidan de que el levantamiento de
Semana Santa fue el inicio de un nuevo golpe militar",
confesó el ex presidente Raúl Alfonsín
en una charla con Noticias Argentinas.
Corroborando un poco esa idea, el fotógrafo
presidencial Víctor Bugge (uno de los pocos que
viajó en el helicóptero junto a Alfonsín
hasta Campo de Mayo) relató esta anécdota
sobre aquellos días: "Esa Semana Santa a
la noche la pasamos mal. Yo me quedé a dormir
acá (en la casa Rosada) porque Alfonsín
se había quedado y a las dos de la mañana
me llaman y me despiertan: 'mirá que se vienen
para acá a tomar la Rosada'. Yo bajé descalzo,
no me olvido nunca más, en patas, para no hacer
ruido. Estaba todo oscuro. ¡Venían a tomar
la Casa de Gobierno! Y me tropecé con un pibe,
un colimba, que estaba temblando con la ametralladora
en la mano. Creo que si hubiera tenido la mano en el
gatillo habría hecho un desastre. Era un pendejo".
Aún hoy me pregunto qué
habría pasado si el doctor Alfonsín no
se hubiera reunido con Aldo Rico. ¿Hubiese sido
posible un pueblazo? Muchas veces me pregunté
si hubiera tenido el coraje de ir hasta Campo de Mayo
tan sólo con un palo a enfrentarme con los carapintadas.
Porque esa idea siempre estuvo en la mente y el corazón
de todos los que estuvimos en la Plaza.
"Cuando Rico me citó en Campo
de Mayo, muchos de mis colaboradores no querían
que fuera. Lo van a matar, presidente, me dijo uno de
mis ministros. Había que ir y hablar con ellos,
no se negoció nada, se trató de preservar
el sistema democrático", explicó
hace poco Raúl Alfonsín en una entrevista
radial.
Puede haber mucho de verdad en estas palabras
del ex primer mandatario, pero uno se queda con esa
sensación agridulce, porque éramos más,
muchos más. Ellos, apenas un puñado de
delirantes uniformados que lograron torcer la ley. Aunque
tal vez también sea cierta aquella frase que
dice que "hoy es fácil cazar los leones,
cuando están enjaulados. Lo difícil era
cazarlos antes, cuando estaban libres en medio de la
selva".
Insisto, el recuerdo de aquella Pascua
de 1987 es agridulce. Con la sensación de que
la casa no estaba del todo en orden. Y creo que eso
fue lo que sintieron muchos.
Esa Semana Santa significó un retraso
en la investigación de numerosas causas contra
los derechos humanos y en el enjuiciamiento de muchos
militares involucrados.
Esa agridulce Semana Santa también
representó el principio del fin del alfonsinismo.
Para algunos, el precio que se debió pagar para
salvar la democracia.
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Los hechos de una
semana poco santa
El
16 de abril de 1987, el teniente coronel Aldo Rico y
un grupo de oficiales del Ejército argentino,
conocidos como "carapintadas", se amotinaron
en la Escuela de Infantería de Campo de Mayo
para hacer un reclamo, amenazando, así, a un
sistema democrático y tratando de poner contra
las sogas a un gobierno legítimamente elegido
por el pueblo.
Así
resistían la citación que la Justicia
le hiciera al mayor Ernesto Guillermo Barreiro (refugiado
en el Regimiento de Infantería Aerotransportada,
en Córdoba, declarado también en rebelión)
por su participación en la represión de
la dictadura militar que once años antes, el
24 de marzo de 1976, había tomado al Estado por
asalto.
Los
insurrectos solicitaban, con las armas nuevamente levantadas
contra el pueblo, "el cese de la campaña
de agresión de los medios de comunicación
contra las Fuerzas Armadas, un aumento del presupuesto
para esas fuerzas, la elección de un nuevo Jefe
del Estado Mayor del Ejército, de entre cinco
postulantes que ellos propondrían y la exculpación
para todos aquellos que hubieran participado en los
hechos que se estaban sucediendo".
Mientras
tanto, en todo el país, la gente se agolpó
en las calles y las plazas para expresar su apoyo al
gobierno constitucional y su repudio a la actitud de
los "carapintadas". Hacía apenas tres
años (1983) que acaba de terminar la última
dictadura militar y que la Unión Cívica
Radical ganara las elecciones por amplia mayoría.
Luego
de varios intentos para solucionar la crisis, fue el
mismo presidente de la Nación, Raúl Alfonsín,
quien tuvo que hacerse presente en Campo de Mayo para
lograr que Rico depusiera su actitud. Esto fue comunicado
rápidamente a la gente reunida en la Plaza de
Mayo.
Inmediatamente
se produjo la sustitución del general Héctor
Ríos Ereñú como Jefe del Estado
Mayor por el general José Dante Caridi. Pocos
días después, Alfonsín envió
al Congreso el proyecto de Ley de Obediencia Debida,
promulgada el 8 de junio de ese mismo año, que
sólo admitía el procesamiento de quienes
se desempeñaban por encima del rango de brigadier,
es decir, aquellos que habían impartido órdenes
y que habían contado con capacidad operativa
para ejecutarlas. Hubo sólo una excepción:
era el caso de los delitos de sustitución de
estado civil y de sustracción y ocultación
de menores.
"Si quienes dieron las órdenes van a la
justicia no tenemos ningún problema en ir todos
a la justicia -decía Aldo Rico-, pero ningún
hombre de bien, que vista uniforme militar, puede ampararse
escudándose en el sacrificio de sus subalternos".
La
actitud política y pública frente al alzamiento
fue casi uniforme. Suscribieron el Acta de Compromiso
Democrático, oponiéndose a la actitud
de los militares, sin dejar de reconocerles varios grados
de responsabilidad en la represión, la izquierda
representada por el PC, los partidos de centro como
la UCR, el PJ, el Partido Intransigente (del fallecido
"Bisonte" Oscar Allende), y el Socialista.
Incluso se sumaron al repudio la Unión de Centro
Democrático (UCD), liderada por el golpista y
ultraliberal economista Alvaro Alsogaray, y la ultraderechista
Democracia Cristiana.
Este
último punto llevó a las fuerzas de la
ultra izquierda (el MAS, el PCR, el PO, y Madres de
Plaza de Mayo) a distanciarse del grupo de los firmantes.
Manifestaciones populares se hicieron presentes en Campo
de Mayo y la Plaza de Mayo, exigiendo la rendición
de Rico (y todos los sublevados) que, un año
más tarde, increíblemente, huiría
de su prisión en Campo de Mayo y volvería
a levantarse en armas tomando el regimiento de Monte
Caseros.
Alfonsín
parlamentó con Rico en Campo de Mayo, acordando
las condiciones de la rendición, en lo que se
le cuestionaría luego como "un acto de debilidad
política". A su regreso, desde el balcón
de la Casa Rosada, anunciaría la capitulación
de los amotinados con la famosa frase: "Felices
Pascuas, la casa está en orden".
Barreiro
huyó y fue capturado dos semanas más tarde.
Tanto él como Rico pasarían a manos de
la justicia, Barreiro a la militar y Rico a la civil,
siendo juzgado en San Isidro por insurrección.
Finalmente, meses más tarde, la ley de Obediencia
Debida satisfaría algunos de sus reclamos. Rico
fue el único que permaneció en prisión,
que debía cumplir en la Escuela de Suboficiales
de Campo de Mayo a la espera del juicio.
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Raúl Alfonsín:
"Lo viví con dolor"
Dieciséis
años más tarde, en agosto de 2003, cerca
de las elecciones que consagrarían al actual
presidente de la Nación, Néstor Kirchner,
Raúl Alfonsín recordaría aquellos
días como un impacto muy fuerte, en un reportaje
concedido al diario Clarín.
¿Cuál
fue el momento más angustiante de su gobierno?
- El impacto mayor lo sufrí con el levantamiento
de Aldo Rico en Semana Santa. Fue un impacto muy fuerte
a pesar de que los jefes de Estado Mayor me venían
diciendo cómo estaban las cosas en las fuerzas
y cómo eran los problemas. Por eso ya habíamos
pensado en cierta forma en la ley de Obediencia Debida.
Yo lo había anunciado antes de lo de Rico. La
gente atribuye la ley a una supuesta negociación.
No es cierto. Y el mismo Rico lo reconoció.
Pero
fue un retroceso...
- Lo viví con dolor. Pero cuando empezaron los
tribunales a llamar a militares de menor jerarquía
y no se presentaban, comprendí que en pocos meses
se me desgranaba el poder. Entonces volví a lo
que ya había dicho sobre las responsabilidades
mayores: las juntas militares, los jefes de cuerpo
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