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Por
otro lado, lo que más quería el
oficialismo lo tuvo, y era poder exhibir la realidad
de un desempleo en un dígito (8,7 por ciento,
cifra del INDEC), aunque si olvidar que éste
es un índice subsidiado por los planes
sociales, muy lejos ya de los otrora subsidios
en manos de las empresas estatales.
En
realidad, la verdad está muy lejos del
énfasis del Presidente, ya que si bien
para él sólo hay un 8, 7 por ciento
de desempleo, con relación al peor momento
de la crisis (mayo de 2002), cuando este índice
era del 21,5 por ciento y abarcó a 3,4
millones de personas, ahora hay casi 1,4 millón
de desocupados. Y si se consideran como desocupados
a los beneficiarios de los planes sociales, el
desempleo abarca a un poco más de 1,6 millón
de personas.
La
pregunta es si este éxito en la baja del
desempleo, asociado al crecimiento constante de
la economía, se tradujo en una mejora equivalente
de los otros indicadores de equidad social.
Estos
indicadores son la proporción de la población
en situación de privación, la extensión
de la informalidad y la desigualdad en la distribución
del ingreso.
Según
un estudio de la consultora SEL, el examen de
la evolución de los indicadores muestra
que, con relación a la salida de la crisis
de 2001, en el primer semestre de 2003 hay una
recuperación, pero en comparación
con el comienzo del ciclo de alto desempleo en
1994, "los desequilibrios sociales aun son
más elevados".
Para
una tasa de desempleo ajustada por planes sociales,
apenas por encima que la de entonces, "la
indigencia es ahora casi tres veces más
alta; la pobreza afecta a dos tercios más
de personas; la informalidad laboral es 13 puntos
más elevada, y el coeficiente de Gini es
5 puntos mayor", explica el documento del
SEL.
De
acuerdo con lo planteado por la consultora, en
1994, la tasa de desempleo sin planes sociales
era del 13 por ciento, la indigencia del 4,4 y
la pobreza del 20,4. Mientras que hacia 2005,
el desempleo bajó al 10,6 por ciento sin
planes sociales, creció la indigencia al
12,2 y la pobreza al 33,8 por ciento.
La
desigualdad distributiva (medida por el coeficiente
de Gini) no sólo es sensiblemente mayor
que al comienzo del ciclo de alto desempleo en
1994, sino prácticamente igual que durante
la crisis de 2001, cuando la tasa de desocupación
era del 21.8 por ciento, y apenas menor que en
el primer semestre de 2003, cuando la economía
comenzó a crecer a un ritmo del 9 por ciento.
La
clave para comprender esta aparente falta de correspondencia
entre la caída del desempleo y la persistencia
de valores insatisfactorios de los otros indicadores
sociales es la evolución de la informalidad
laboral.
El
SEL explica que, a mediados de 1994, el subempleo
alcanzaba a poco más de 30 por ciento del
empleo asalariado privado no doméstico.
En el primer semestre de 2003, en parte como resultado
de la crisis, esa proporción llegó
al 44 por ciento.
Kirchner
había dicho, cuando salió con su
índice de neto corte electoral en este
año en que se juega el Ejecutivo por cuatro
años más: "Quebramos la tendencia
de 30 años en los que la desocupación
crecía. Es un logro de todos los argentinos".
Por
su parte, la ministra de Economía, Felisa
Miceli, atribuyó la baja al "modelo
productivo", sin aclarar que la Argentina
hoy es un país sostenido por records de
cosechas de soja (exportaciones en 2006 por más
de 90 millones de dólares), que mantiene
los planes sociales, pero que no da trabajo.
Por
su parte, la subocupación -gente que trabaja
pocas horas aunque quiere trabajar más-
se ubicó en el 10,8%. Así, entre
desocupados y subocupados, todavía el 19,5%
de la población activa o 3,1 millón
de trabajadores tienen problemas de empleo.
Aunque
desde el gobierno nacional destacaron la baja
del desempleo, los especialistas advierten que,
por razones estacionales, en el primer trimestre
la desocupación suele ser superior a la
del cuarto trimestre anterior. De ahí desprenden
que en la próxima medición el desempleo
podría ser más alto.
Aunque
la desocupación vuelve a los niveles 1992/93
(aún muy lejos del 4 por ciento de antes
de 1989), el mayor empleo actual convive con porcentajes
de pobreza (40%), indigencia (9%) y trabajo en
negro (40%), muy superiores a los de aquel momento.
Aunque
la mayor parte del nuevo empleo que se está
generando corresponde a asalariados en blanco,
todavía subsiste una amplia franja de trabajadores
"en negro" que se estima que ahora ronda
el 40% de los asalariados.
Y
la pregunta sigue siendo una: ¿qué
es un trabajo? Según un sector, alcanza
con tener un plan social; para otros, sirven las
changas y hasta ingresos medianos en negro, pero
la realidad es que, si el concepto trabajo abarca
estas consideraciones, en la Argentina se ha retrocedido
a la primera década infame de 1930.
El
trabajo es un concepto mucho más abarcativo,
que incluye un salario digno que alcance para
sostener a una familia tipo, una obra social acorde
con las necesidades modernas de salud, una previsión
social para el momento de jubilarse del 82 por
ciento móvil, un beneficio sindical fuerte
y representativo y reglas políticas y legales
claras y sólidas que protejan la continuidad
laboral del trabajador.
En
la Argentina, todavía hay miles de adultos
que jamás tuvieron un empleo formal y miles
de jóvenes que nunca tuvieron un trabajo.
Por lo que cualquier otra concepción del
empleo no puede ser considerada como tal.
O
sí, pero ése será el modelo
de país que se tendrá, donde reine
el subempleo, donde muy pocos accedan a una vivienda
digna, donde los salarios sean precarios y bajos,
donde los sindicatos no representen al trabajador
y donde más de un millón y medio
de familias no sepan, ni siquiera, lo que significa
la palabra "dignidad".
Al
cabo, lo que hoy pasa en este país.
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