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Viviane
Forester -de quien hablamos- suscribiría
un juicio definitivo. "Descubrimos que hay
algo peor que la explotación del hombre:
la ausencia de explotación por la que los
seres humanos, nuestra especie, en suma, sea considerada
superflua y así no explotable."
Casi una excusa de la biología. Y lo peor,
su segunda naturaleza, consagratoria del horror
económico, del cinismo mismo.
Desde el último cuarto del siglo XIX, la
condición de los pobres y menesterosos
preocuparía cada vez más a los sectores
dominantes de nuestra sociedad. La adjetivación
se correspondía con la prolijidad casi
victoriana con la que aquellos disimulaban culpógenamente
las consecuencias desgraciadas de su modelo de
sociedad elitista, ensimismada y ahogada en las
vanidades iluministas del progreso y de las luces;
tan cerca de "la invención de la Argentina",
del Estado moderno blanco-europeo, como lejos
de sus aborígenes, expropiados a punta
de Remington, cercados por una zanja infinita
y prematuramente excluidos de la naciente civilización
ya voceada por la generación del 37 -en
el Dogma Socialista- y después por el Alberdi
de Las Bases e implementada y cumplida por Julio
A. Roca, luego el Sarmiento ensayista y presidente
y más tarde por el inefable general sin
batallas, Bartolomé Mitre
Es
que, rigurosamente, venían a cumplirse
"las escrituras" del día fundacional
para el morenismo perdurable "de la gente
decente y perdurable", más explícito
en el propio Sarmiento que las canonizara: "Cuando
decimos pueblo, entendemos los notables, activos,
inteligentes: clase gobernante. Somos gentes decentes.
Patricios a cuya clase pertenecemos nosotros,
pues no ha de verse en nuestra Cámara ni
gauchos, ni negros, ni POBRES. Somos la gente
decente, es decir, patriota".
Así,
a los indigentes se sumaría la propia soldadesca
desocupada tras las guerras interiores; gauchos
transhumantes emblematizados en el "Fierro",
que habían puesto las patas en la fuente
para "cambiar la historia", a no menos
de un año de 1810, aquellos estrepitosos
y revolucionarios 5 y 6 de abril de 1811; negros
y mulatos mazamorreros, sirvientes y músicos,
muchos de ellos recién llegados desde el
Brasil y aún esclavos, pese al eufemismo
historiográfico que la disimula.
Luego
vendrían aquellos miles de inmigrantes
europeos que en las cuatro últimas décadas
del siglo XIX confluirían en nuestro país
como resultado de un "esfuerzo consciente
por parte de las elites: la organización
nacional para sustituir la vieja estructura, heredada
de la sociedad colonial, por una nueva estructura
social, inspirada en los modelos de los países
avanzados de occidente
y cuyo verdadero plan
se basa en sus tres fundamentos:
1-
Inmigración masiva
2- Educación universal y obligatoria
3- Importación de capitales y formas de
producción modernas.
Como
reafirmaría Germani, el propósito
principal y explícito de la inmigración
no fue solamente poblar el destierro, sino, y
sobre todo, "modificar sustancialmente la
composición de la población",
de la que se desprenderían sus otros aspectos:
la educación y la expansión y modernización
de la economía.
La
literatura, más que la economía,
completaría el mejor espejo de los resultados
de aquel encomiástico plan en los perfiles
más estereotipados -si no grotescos- de
sus beneficios, reconocimiento que no abdicaría
por los esfuerzos y sacrificios de los enormes
contingentes migratorios, desarraigados de sus
patrias y generosos en su entrega a un país
cuya promesa podría concluir en el propio
puerto, no lejos de los conventillos e inquilinatos
que precarizarían aún más
su propia condición de origen, casi restituyéndolos
a la indigencia de los nativos recolonizados.
continuará...
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