Semanario Político de la Tercera Sección

- Opinión -

OPINION - POLITICA SOCIALES - PARTE II
Allá donde el barro se subleva - por Mario Marolla
Mario Marolla es Periodista y Sociólogo. Especialista en educación de adultos. Director-fundador de Revista Lomas y Buenos Aires 17. Conductor de "El Ojo del Faro" por Radio Nacional.
Si aquel fue un período prometedor, no lo fue por el volumen demográfico específico involucrado en la gran inmigración iniciada desde esos años, que llegara a multiplicarse en el primer decenio del siglo: nada menos que un millón ciento veinte mil extranjeros arribados a nuestro país. Otra multiplicación saturaría el propio modelo societal y estatal con el advenimiento de los problemas sociales consecuentes, insospechados o hábilmente aletargados por las mismas elites y la oligarquía dominante hasta la "gran crisis" de los ´30 del siglo XIX.

Los distintos modos, formas y compromisos que han marcado lo que llamamos POLITICAS SOCIALES en el curso de nuestra historia en general, suponemos que están integrados por todas aquellas respuestas que, desde la sociedad se dieron para enfrentar los problemas derivados de su irrupción.

Así, con una insoslayable precisión -y reconocidas todas las dimensiones que los incluyen, también aquí históricas-, puede definirse que un problema social "es una discrepancia significativa entre la realidad y el estándar deseable". Lo que "nos remite a la relación entre el plano de la realidad tal cual es en un momento determinado… y el plano de la deseabilidad, del ideal, del deber ser y su grado de desajuste", de la incongruencia o del incumplimiento concreto, ejemplificable en cuestiones como la salud, la educación, el empleo, la vivienda, la previsión y la seguridad social o, más enfáticamente hoy, en una mayor calidad de vida próxima a los reconocidos indicadores de desarrollo humano, entre los que ya se descuenta habitar un "medio ambiente" integral.

De todas formas insuficientes, los problemas sociales que suponen la privación de los estándares de bienestar ideales, afectan, por ello, a un número importante de personas de un modo considerado conflictivo, y pueden ser solucionables mediante la acción social colectiva y la acción pública o estatal.

Históricamente, las inquietudes y/o desigualdades emergentes de la aparición y consolidación del paradigma capitalista serían respondidas desde grupos, organizaciones o sectores sociales autónomos del Estado, comprometidos con la dignidad humana, a veces coexistiendo con el auxilio errático del Estado, y otras por la sincera solidaridad de unos pocos, no necesariamente pudientes.

La caridad -en el prístino sentido en que la colocan la teología y la doctrina-, como la filantropía, la beneficencia, la ayuda o asistencia social, y luego la promoción social, fueron y son vertientes y resoluciones individuales, sectoriales/fragmentarias de las viejas inequidades y del corolario de tensiones y el potencial conflictivo que su irresolución puede generar. Aunque cercano a la manipulación política y a las formas más vicarias de reclutamiento y adhesión política, no tan sólo establecidas en los aledaños del poder estatal y de las configuraciones precedentes a los partidos políticos argentinos, intentaron procesar las respuestas a la contradicción entre los principios de organización de la democracia política -para nosotros de "participación del mercado", que ocupara el centro del debate de todas las vertientes ideológicas y políticas y de sus prácticas, semiinstitucionales, desde mediados de ese siglo XIX, sintetizados como la "cuestión social", al amparo de la emergencia de clase social, proletariado, explotación social, en uno de sus márgenes, y de un renovado cuerpo doctrinario cristiano (desde la Rerum Novarum) o de las utopías socialistas de época.

 

Ni materialistas de época ni cristianos profesionales, los líderes de la "Organización Nacional" se erigieron en depositarios de los principios de libertad, igualdad y fraternidad genérica, desencarnando en la propia construcción "del orden institucional del Estado moderno" los ámbitos de participación y decisión que no sólo incluyeran a los crecientes bolsones de pobreza e indigencia localizados preferentemente en la gran ciudad y en el interior desprotegido, otrora principales productores de la propia riqueza portuaria, que comprometieran prioritariamente políticas expresas en su auxilio.

El sostenimiento y crecimiento poco menos que espontáneo de las actividades benéficas y asistenciales correrían paralelos a la agudización de las condiciones sociales de un "ejército industrial de reserva", disponible y aun enfáticamente requerido por un inasible plan refundacional. No obstante, no puede despreciarse, una vez más, la tesonera tarea de esas organizaciones societales y de algunos intentos estatales, sobre todo en el área de la salud pública: el Departamento Nacional de Higiene (1880) y la Asistencia Pública de la Capital Federal, a principios de 1880, seguramente corolario de las consecuencias aún dramáticas de la epidemia de 1871.

Perdurable desde su creación, la Sociedad de Beneficencia ampliaría su actividad original a otras obras filantrópicas, representativas de la solidaridad social argentina durante más de un siglo, mantendría independencia y autonomía de decisión; su caso presenta la continuidad y el despliegue más benigno de la tradicional estructura de poder circulante como reconocible signo de prestigio social.

Merecería relevarse especialmente cómo ésta sobrevivió a la tutela del brigadier Rosas. Mas aún: no es mucho lo que se sabe -y se ha escrito, específicamente- sobre el tipo de asistencia y/o acción social realizado por el Caudillo en su larga gestión, pero debe suponerse que, no habiendo indicios sobre su oposición, ha de entenderse que su legitimidad y la conducción directa del poder alcanzaran para brindar una asistencia eficaz a sus electores y a la población, en general, si se atiende a la propia palabra del mismo Sarmiento: "… debo decirlo en obsequio a la verdad histórica: nunca hubo gobierno más popular, más deseado ni más sostenido por la opinión…"

 

OPINION - POLITICA SOCIALES - PARTE I
Rumbos compartidos Caminos divergentes - por Mario Marolla
No hace tanto tiempo, una voz alerta y decidida, y no precisamente generosa con los explotadores apologistas de la globalización, arremetía contra lo que juzgaba su falacia descomunal: la desaparición de un mundo en el que el trabajo y su contracara, el desempleo: "carece de contenido y millones de vidas son destruidas y sus destinos aniquilados".

 

 

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