Si
aquel fue un período prometedor, no lo fue
por el volumen demográfico específico
involucrado en la gran inmigración iniciada
desde esos años, que llegara a multiplicarse
en el primer decenio del siglo: nada menos que un
millón ciento veinte mil extranjeros arribados
a nuestro país. Otra multiplicación
saturaría el propio modelo societal y estatal
con el advenimiento de los problemas sociales consecuentes,
insospechados o hábilmente aletargados por
las mismas elites y la oligarquía dominante
hasta la "gran crisis" de los ´30
del siglo XIX.
Los
distintos modos, formas y compromisos que han
marcado lo que llamamos POLITICAS SOCIALES en
el curso de nuestra historia en general, suponemos
que están integrados por todas aquellas
respuestas que, desde la sociedad se dieron para
enfrentar los problemas derivados de su irrupción.
Así,
con una insoslayable precisión -y reconocidas
todas las dimensiones que los incluyen, también
aquí históricas-, puede definirse
que un problema social "es una discrepancia
significativa entre la realidad y el estándar
deseable". Lo que "nos remite a la relación
entre el plano de la realidad tal cual es en un
momento determinado
y el plano de la deseabilidad,
del ideal, del deber ser y su grado de desajuste",
de la incongruencia o del incumplimiento concreto,
ejemplificable en cuestiones como la salud, la
educación, el empleo, la vivienda, la previsión
y la seguridad social o, más enfáticamente
hoy, en una mayor calidad de vida próxima
a los reconocidos indicadores de desarrollo humano,
entre los que ya se descuenta habitar un "medio
ambiente" integral.
De
todas formas insuficientes, los problemas sociales
que suponen la privación de los estándares
de bienestar ideales, afectan, por ello, a un
número importante de personas de un modo
considerado conflictivo, y pueden ser solucionables
mediante la acción social colectiva y la
acción pública o estatal.
Históricamente,
las inquietudes y/o desigualdades emergentes de
la aparición y consolidación del
paradigma capitalista serían respondidas
desde grupos, organizaciones o sectores sociales
autónomos del Estado, comprometidos con
la dignidad humana, a veces coexistiendo con el
auxilio errático del Estado, y otras por
la sincera solidaridad de unos pocos, no necesariamente
pudientes.
La
caridad -en el prístino sentido en que
la colocan la teología y la doctrina-,
como la filantropía, la beneficencia, la
ayuda o asistencia social, y luego la promoción
social, fueron y son vertientes y resoluciones
individuales, sectoriales/fragmentarias de las
viejas inequidades y del corolario de tensiones
y el potencial conflictivo que su irresolución
puede generar. Aunque cercano a la manipulación
política y a las formas más vicarias
de reclutamiento y adhesión política,
no tan sólo establecidas en los aledaños
del poder estatal y de las configuraciones precedentes
a los partidos políticos argentinos, intentaron
procesar las respuestas a la contradicción
entre los principios de organización de
la democracia política -para nosotros de
"participación del mercado",
que ocupara el centro del debate de todas las
vertientes ideológicas y políticas
y de sus prácticas, semiinstitucionales,
desde mediados de ese siglo XIX, sintetizados
como la "cuestión social", al
amparo de la emergencia de clase social, proletariado,
explotación social, en uno de sus márgenes,
y de un renovado cuerpo doctrinario cristiano
(desde la Rerum Novarum) o de las utopías
socialistas de época.
Ni
materialistas de época ni cristianos profesionales,
los líderes de la "Organización
Nacional" se erigieron en depositarios de
los principios de libertad, igualdad y fraternidad
genérica, desencarnando en la propia construcción
"del orden institucional del Estado moderno"
los ámbitos de participación y decisión
que no sólo incluyeran a los crecientes
bolsones de pobreza e indigencia localizados preferentemente
en la gran ciudad y en el interior desprotegido,
otrora principales productores de la propia riqueza
portuaria, que comprometieran prioritariamente
políticas expresas en su auxilio.
El
sostenimiento y crecimiento poco menos que espontáneo
de las actividades benéficas y asistenciales
correrían paralelos a la agudización
de las condiciones sociales de un "ejército
industrial de reserva", disponible y aun
enfáticamente requerido por un inasible
plan refundacional. No obstante, no puede despreciarse,
una vez más, la tesonera tarea de esas
organizaciones societales y de algunos intentos
estatales, sobre todo en el área de la
salud pública: el Departamento Nacional
de Higiene (1880) y la Asistencia Pública
de la Capital Federal, a principios de 1880, seguramente
corolario de las consecuencias aún dramáticas
de la epidemia de 1871.
Perdurable
desde su creación, la Sociedad de Beneficencia
ampliaría su actividad original a otras
obras filantrópicas, representativas de
la solidaridad social argentina durante más
de un siglo, mantendría independencia y
autonomía de decisión; su caso presenta
la continuidad y el despliegue más benigno
de la tradicional estructura de poder circulante
como reconocible signo de prestigio social.
Merecería
relevarse especialmente cómo ésta
sobrevivió a la tutela del brigadier Rosas.
Mas aún: no es mucho lo que se sabe -y
se ha escrito, específicamente- sobre el
tipo de asistencia y/o acción social realizado
por el Caudillo en su larga gestión, pero
debe suponerse que, no habiendo indicios sobre
su oposición, ha de entenderse que su legitimidad
y la conducción directa del poder alcanzaran
para brindar una asistencia eficaz a sus electores
y a la población, en general, si se atiende
a la propia palabra del mismo Sarmiento: "
debo decirlo en obsequio a la verdad histórica:
nunca hubo gobierno más popular, más
deseado ni más sostenido por la opinión
"
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