Semanario Político de la Tercera Sección
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- Informe -

A 89 AÑOS DEL NACIMIENTO DE EVITA

Eva Perón: la mujer nacida para cambiar la historia
Nada fue lo mismo desde que un 7 de mayo de 1919 llegó al mundo. Ese mismo día cambiaría la Argentina para siempre. Se la amó y odió con igual devoción. Líder espiritual de los pobres, compañera incondicional del general Perón, su figura sigue convocando multitudes. Homenaje a la mujer que trascendió la muerte y sigue viva en el recuerdo de todos los argentinos.


Eva Perón, la mujer que cambió a la Argentina

"No acabes, compañera: Evita, no te / Entregues, no te vayas / aguanta todavía / otro día / peronista / no te calles compañera." *

Nadie representa un cambio, profundo y visceral en la historia argentina, como María Eva Duarte de Perón. Evita marca un antes y un después en el país, una grieta que incluso hoy es difícil de eludir sin controversias y polémicas. Amada y odiada sin límites, esta mujer que el 7 de mayo cumpliría 89 años se volvió símbolo de los pobres, de sus luchas y sus esperanzas. Desde su trabajo social, le cambió radicalmente la forma de pensar a toda una generación. Y a las venideras.

María Eva Duarte nació el 7 de mayo de 1919, en Los Toldos. Hija menor de Juana Ibarguren y Juan Duarte, fue la menor de cinco hermanos: Elisa, Blanca, Juan y Erminda. Desde pequeña, Eva convivió con la política, ya que su padre era un típico "puntero" conservador, que había recibido favores del poder, en especial de su jefe político, el intendente Malcom. Pero el radicalismo, de la mano de Hipólito Yrigoyen, comenzaba a renovar los mecanismos de la época, y Juan Duarte cayó en desgracia.

En la escuela nace lo que la misma Evita llamaría "extraña y profunda vocación artística". En el cine del pueblo, en las audiciones radiales y en las colecciones de fotos de artistas, quien sería la mujer más importante de la política argentina soñaba con ganarse la vida gracias al arte. La primera elección comienza en esos días, cuando tiene que decidir entre ser una chica de pueblo, casarse y formar familia, ser maestra -como su hermana Blanca- o buscar hacer realidad su sueño de actriz.

Ya en la Capital, Eva conoce la pobreza de cerca, como millones de provincianos que llegan a la gran ciudad en busca de mejores condiciones y se apiñan en pensiones de mala muerte, donde conviven con el hambre y la miseria.

Pero el ángel de Eva es muy fuerte. Al poco tiempo de llegar a Buenos Aires se incorpora a la Compañía Argentina de Comedias, encabezada por Eva Franco, actriz de primera línea entre las intérpretes argentinas. En 1935 debuta en el Teatro Comedia, con un breve papel en La Señora de los Pérez.

La vocación de Eva por actuar la llevó a la radio y al cine. En 1944 llega su gran oportunidad en la pantalla grande, en la película La Cabalgata del Circo, de Mario Sofficci, donde actúa nada menos que con Hugo del Carril y Libertad Lamarque.

Pero vida de Eva cambiaría al conocer al entonces secretario de Trabajo y Previsión, Juan Domingo Perón, en esas jornadas de colecta y solidaridad encaradas por el propio Perón para ayudar a la golpeada provincia de San Juan, devastada por un terremoto en enero de 1945 (se estima que el 90 por ciento de los edificios se destruyeron aquella vez).


* Fragmento de "Eva Perón en la Hoguera", poema de Leónidas Lamborghini.

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El recuerdo y la memoria

Por Eva Giberti

Aunque esperada, la noticia de su muerte, emitida desde el poder oficial, produjo hondo estupor en su pueblo: "Eva Perón acaba de entrar en la inmortalidad". Era un lenguaje que interponía la inmortalidad entre Evita y ellos. "Los hombres y las mujeres a los que les hicieron el dolor y la miseria" salieron a la calle para comprobar lo increíble: estaba en silencio la voz enardecida que los defendiera. Ese fue el trauma, verla así, callada, distinta de aquella Evita con quien intercambiaban dones y gratitudes.

Lloraban delante del féretro inaugurando el duelo popular, diferente del duelo oficial que pretendía alejarla en la inmortalidad (y que incrustó al país en lutos obligatorios). Su pueblo tenía necesidad de una Evita cercana y presente que sostuviera la gesta que había iniciado junto con ellos; una Evita que los había fundado como grupo de desposeídos, olvidados y reclamantes. Una Evita gritando desde su propia historia de sometimientos como mujer, nacida para ser inferior al varón según el mandato masculino al que se había opuesto desde una pasión que exigió y obtuvo los derechos cívicos para todas las mujeres.

Ese pueblo que levantaba altares y encendía hogueras en las calles impuso su pensamiento mítico y popular: el que se apoya en las anécdotas, en las decisiones del líder, el que articula realidad y leyenda produciendo un modo de conocimiento que enriquece la historia. Fueron ellos quienes registraron la dimensión exacta de esa muerte, que no era la de un cuerpo vencido, sino la de un hecho social.

Silenciada la voz transgresora de Evita, los humildes volverían al "balbuceo de los oprimidos". Unidos en el dolor, se hermanaban en la fidelidad hacia ella, rescatándola de la muerte y erigiéndola como bandera; de este modo ese pueblo comenzó a elaborar su duelo, encontrando un origen común en la figura que sintieron los representaba y a la que reforzaron como mito.

Por su parte, los antiperonistas sólo pudieron incrementar su odio solitario, individual, y advertir que su nombre podría sobrevivir peligrosamente. Desde otra perspectiva algun@s de l@s que crecimos en el antiperonismo recalcitrante logramos, mediante la reflexión, quedar en paz con esta mujer sin necesidad de juzgarla. Pudimos llevar a nuestros hij@s a ver las películas que la rememoran y observamos cómo much@s jóvenes lloran ante el dolor de aquella gente que la amó sin poder cuestionarla. Coincidencia entre quienes perdieron a Evita y estas generaciones que, sin haberla conocido, eligen respetarla, aunque no militen en su nombre ni porten sus banderas.

Eva Perón ha muerto, pero ya no pertenece exclusivamente a ese pueblo en procesión que la lloraba. Ahora, rescatada por el mito y por la historia, desafía otra vez, promoviendo desacuerdos y coincidencias. El duelo ha terminado. Ha terminado porque quienes la amaron, la odiaron, la ignoraron, han debido incorporarla en sus recuerdos, es decir, convertirla en memoria.

(El texto original fue escrito por la autora en 1986, a pedido de Félix Luna y publicado en la colección de Historia Argentina que él dirigía.)

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La polémica del nacimiento

Para la historia oficial, este 7 de mayo se cumplen 89 años del nacimiento de Eva Duarte de Perón, "Evita", pero en realidad muchos historiadores dicen que no hay certeza de esa fecha, porque su partida original de nacimiento desapareció y sólo existe un acta de bautismo del 21 de noviembre de 1919, lo que no significa que haya nacido ese año.

Precisamente, también ese día fueron bautizados sus hermanos Juan Ramón, nacido en 1914, y Erminda Luján, nacida en 1916, de modo que el acta sólo ofrece la seguridad de que Evita no pudo haber nacido después. En 1970, en su libro Eva Perón, los periodistas Otelo Borroni y Roberto Vaca consignaron que el acta figura en el folio 495 del Libro de Bautismos del año 1919 de la Capellanía Vicaria Nuestra Señora del Pilar. Pero, a la par, comprobaron que una niña de nombre María Eva Duarte figuraba como nacida el 7 de mayo de 1922 en el registro Civil de Junín, bajo el acta 728.

Los autores llegaron a la conclusión de que esa partida era falsa y hoy todos los historiadores coinciden en que fue confeccionada en 1945 a instancias de la propia Evita, al casarse con el entonces coronel Juan Domingo Perón. ¿Por qué? Pudo pasar que Evita no tolerara figurar como hija ilegítima -en la partida original, su nombre era Eva Ibarguren-, pero, sobre todo, evitar que la boda le costara a Perón su carrera: los militares debían pedir permiso para casarse y en aquel tiempo no hubiese sido autorizado porque ella era hija natural. Tampoco Perón dejó claro su nacimiento, porque nació con apellido Sosa, el cual cambió para entrar al ejército. También ocultó que era hijo de una indígena, lo que le habría valido la salida de la FFAA.

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La máscara oculta

El maestro orfebre Juan Carlos Pallarols confeccionó el elemento tal vez más polémico en tiempos del primer peronismo: la máscara mortuoria de Eva Perón. Según el propio relato de Pallarols, "cuando Eva Perón viaja a Europa y ve un monumento tan importante como la tumba de Napoleón, imagina que en Buenos Aires se debía hacer un monumento a los trabajadores. A los que habían caído luchando por los derechos sociales". Sin embargo, hubo un cambio de planes a partir de la muerte de la esposa del general Perón. "Cuando Evita se enferma y muere, el Congreso de la Nación decidió que en una capilla estuvieran los restos de Eva Perón. Y ahí se comienza a trabajar en un sarcófago de plata que iba a guardar los restos momificados de Eva Perón, con una figura en tamaño natural".
"Se había tomado de su propio cuerpo la mascarilla mortuoria. Papá trabajó desde el '53 al '55. Después de la revolución libertadora, salió una ley de 'desperonización', que obligó a todos los ciudadanos del país a destruir todo lo que estuviera vinculado al peronismo y sus símbolos. Pero papá, aun a riesgo de su propia libertad, recortó la parte de la máscara, y guardó esta copia de la cara de Eva Perón y la maqueta. Eso lo tuvimos guardado hasta 1983, luego lo restauré con la ayuda de varios amigos y lo tengo en mi museo de San Telmo", confesó el hijo del artista. A partir del 7 de mayo del año pasado, se empezó a trabajar para recuperar la máscara para donarla después al Museo Histórico Nacional donde están todos los próceres, "como una prueba de hermandad entre todos los argentinos".

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Tiempos de Evita en Avellaneda

Por Antonio J. González

Numerosas historias existen sobre la presencia de Eva Perón en nuestra ciudad desde su aparición en la escena política hasta sus últimos días en una salita del Policlínico que ella había construido a través de la Fundación que lleva su nombre. En 1945, grandes cantidades de obreros y pobladores de nuestra ciudad salieron a la calle, se treparon a tranvías o cruzaron el Riachuelo, solidarios con Evita, para protagonizar las jornadas de movilización popular del 17 de Octubre. La propia Eva se refirió a este histórico episodio en ocasión de su encuentro con trabajadores de la carne. "Queridos descamisados del Anglo: No podía dejar de hacer esta visita -dijo entonces- porque la compañera Evita recuerda siempre que el gremio de la carne, en horas de incertidumbre, depositó en el coronel Perón su lealtad y su confianza. Si la adversidad se ensaña con ustedes, el general Perón les dará trabajo aunque sean hombres de 45 años. El general Perón (…) me encargó que les envíe a todos ustedes un afectuoso abrazo porque no olvida que, en la epopeya del 17 de Octubre, Avellaneda cumplió un papel principalísimo. Él los guarda muy dentro de su corazón..." Tal era el lazo político y sensible que unía a Perón y su esposa con los pobladores al sur del Riachuelo.

Muchas otras visitas de Eva Perón tuvo la ciudad industrial de entonces, algunas de ellas eran para controlar la marcha de las obras del Policlínico en Sarandí que se iniciaron en 1948. Pero también se encara un plan de construcción de viviendas que es seguido de cerca por ella, como era su estilo. Muchas también fueron para asistir a actos políticos o sindicales, inauguración de obras o encuentros con habitantes y obreros.

En 1948, por ejemplo, Eva Perón fue madrina de bautismo, en nombre del Presidente de la Nación, de un varón -el séptimo en la familia de Alberto Andrés e Hilda Bermúdez- de nombre Adalberto Luis. Pero esta presencia excedió los límites de la privacidad familiar para convertirse en un tributo a la ascendente figura de la señora de Perón. "El bautismo se realizó en la Iglesia de la Asunción -relata La Opinión, diario local de tendencia conservadora- y luego se realizó una concentración de público en la Plaza Alsina, dirigiéndoles la palabra la señora de Perón, que además inició un abundante reparto de golosinas que al día siguiente continuó en la Casa Parroquial y en las escuelas del distrito por medio del Consejo Escolar (…) era una masa multitudinaria que cubría por completo todo el espacio libre entre el templo y la Inspección de Zona (ahora sede de la UTN) incluyendo las calzadas de la Avenida Mitre y de la calle San Martín…". Entre los presentes se encontraba el entonces comisionado municipal Vicente Garófalo, el cura párroco Juan F. Tumini, los presbíteros Agustín Casanova y Silvano Sagües de Beramendi, y después se sumó el Tte. Gral. Domingo Mercante, gobernador provincial. Luego de la ceremonia bautismal, salieron a la plaza. "Fue entre esfuerzos pronunciados que se hizo posible el abrir camino a la señora de Perón y al gobernador Mercante", resalta la crónica. Usaron de la palabra el Comisionado Garófalo, el Teniente General Mercante y por último Eva Perón. Manifestó la alegría que le producía este acto y tuvo "palabras de encomio para el pueblo de nuestra ciudad".

Otras oportunidades existieron para este encuentro con Avellaneda, pero iban a venir los dolorosos días de su internación, operación y muerte en Sarandí el 26 de julio de 1952. Allí mismo había emitido su último voto en las elecciones de noviembre de 1951, primera que se realizaba con el recién conquistado voto femenino. Un signo trascendente que recorrió un tiempo rico en contrastes, como la vida misma, entre la alegría y en el dolor, en la construcción y en la muerte. En ambos extremos, Avellaneda como escenario y protagonista. Nada menos.

Dos anécdotas cierran esta evocación. Una: el busto en bronce de Evita que estuvo hasta 1956 en el Parque Domínico y que fuera resguardado por un vecino de la fiebre antiperonista de la Revolución Libertadora. Ahora engalana el frente de la Casa de Gobierno de Entre Ríos, que lo compró a particulares. Otra: la placa que recibe a los visitantes del cementerio local con una frase de EP: "Yo estaré para que sigan adelante por el camino de la justicia y la libertad, hasta que llegue el día maravilloso de los pueblos". En eso estamos, todavía.

 

 
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