El Presidente del Concejo Deliberante recurrió
a un singular argumento para justificar el ninguneo
a la oposición en el reparto de autoridades
de comisiones legislativas. La razón
expuesta obliga a dos reflexiones.
Una
es el potencial riesgo que advierte sobre el
hábitat que pretende prohijar en la Legislatura.
La
otra, es que hay que remitirse al último
Perón para parangonar semejante exotismo.
Una comparación que lo opaca. Mariano
San Pedro echó mano a una explicación
cuanto menos inédita para justificar
que la oposición legislativa al gobierno
de Rubén Darío Giustozzi fuese
literalmente ignorada en el reparto de comisiones
legislativas del Concejo Deliberante.
Para
justificar que ellas quedasen de forma exclusiva
en manos del oficialismo, como dijo a Política
del Sur, adujo que "no hemos notado, en
estos tres meses, que se haya generado un clima
por parte de la oposición para que podamos
otorgarle una presidencia".
Habrá
que convenir que, dentro de tanta chatura política
en la Legislatura, éste no deja de ser
un argumento original. Lástima que al
breve lapso de encandilamiento en medio de tanta
oscuridad le siga la epifanía típica
de las estrellas fugaces. O, para decirlo en
términos más simples, la chispa
del fósforo fallido parece agotarse en
ese enunciado.
Pues,
puestos a reflexionar sobre el núcleo
del asunto, cabría formularse algunas
preguntas pertinentes. Una de ellas es saber
qué barómetro político
guía a San Pedro o si, oriundo de la
fértil Pampa Húmeda, se ha guiado
apenas con el viejo recurso de untar uno de
los dedos índices con saliva y contraponerlo
al soplo del viento. La otra, y no menos importante,
es establecer si su preocupación por
colocar sólo "a gente nuestra"
obedece a que advierte algún riesgo para
el ecosistema que intenta prohijar desde el
Concejo y que lo ha obligado a tomar medidas
preventivas. Por caso, pedirle a Ramón
Valdez del PRO que no se sume a la ya de por
sí hipertrofiada bancada del Frente para
la Victoria para guardar alguna forma de pudor.
Al
menos, Valdez ha sido más original que
Alejandro Torres y Andrea Capasso. Se reivindicó
peronista y no recurrió a santurronas
razones de supuesto corte doctrinario para hacer
públicas las simpatías por algunas
iniciativas del Departamento Ejecutivo. El suyo
ha sido, en un sentido efectivo, el aporte más
sustancioso de un aliado por preservar el delicado
equilibrio del hábitat legislativo que
de modo alguno puede comprometer la oposición.
Sacrificios
de este porte deberían devolver cierta
confianza relativa en la clase política.
Algunos, cuanto menos, exhiben vergüenza
-si no escrúpulos- y temen romper el
frágil encanto vigilante que la sociedad
mantiene sobre su comportamiento.
Hay,
sin embargo, un aspecto que merece ser destacado.
La faceta ecológica y desconocida hasta
aquí del edil concilia parcialmente su
suave adhesión al último Perón
de los años 70, preocupado de verdad
por estas cuestiones.
Ese
paso adelante dado por alguien capaz de confesar
su voluntad de ser dirigente del peronismo y
admitir con brutal franqueza que jamás
se ha afiliado a esa fuerza, obliga a una comparación
con el extinto líder popular. El abrumador
contraste pone las cosas en su lugar y obliga
a dirigir la vista, otra vez, sobre el largo
languidecer de la democracia expuesta a la acción
erosiva de diletantes puestos a dirigentes.
Daniel
Bilotta
Vocero de Prensa del PJ de Almirante Brown