Semanario Político de la Tercera Sección

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OPINION
A 31 años del golpe militar - 24 de marzo: ¿Qué hacemos con esta pena? Marcos Morales

El taconeo de las botas sonó en lo más recóndito del país, pero no lo escuchamos. Y sus ecos, que todavía hoy resuenan con fuerza, tampoco despiertan todo nuestro interés. El golpe militar de 1976 es una herida abierta que un feriado o un museo no pueden resolver. La sombra de dolor y muerte generada por los militares argentinos y sus cómplices civiles no termina de disiparse, una pena renovada con la desaparición del testigo Julio López.

Ejercer la memoria en un país como el nuestro puede ser, además de un acto de justicia, un proceso de purificación. Porque si sabemos mirar, podemos encontrar los mismos fantasmas que hace 31 años.

"Si los argentinos, como se advierte en todos los sectores -aun dentro del ex oficialismo-, agradecen al gobierno militar el haber puesto fin a un vasto caos que anunciaba la disolución del país, no menos cierto es que también le agradecen la sobriedad con que actúan". Con estas palabras, La Opinión, publicación dirigida por Jacobo Timerman, reflexionaba el 27 de marzo sobre el período que la Junta Militar iniciara unos días antes. "Agradecimiento y sobriedad", palabras que suenan cómplices ante el accionar genocida que se inauguraba.

Por culpa y comodidad, la historia "oficial" de los sectores que aplaudieron y aplauden lo actuado por la Junta fue mutando según las necesidades y los contextos. Apenas sucedido el golpe, se lo justificó con el fracaso del gobierno de María Martínez de Perón. "La crisis ha culminado. No hay sorpresa en la Nación ante la caída de un gobierno que estaba muerto mucho antes de su eliminación por vía de un cambio como el que se ha operado. En lugar de aquella sorpresa hay una enorme expectación" (diario La Nación, 25 de marzo de 1976).

Después, con la locura de Malvinas de por medio y las pruebas de la barbarie militar argentina dando vueltas al mundo, la sociedad argentina puso en práctica una casi psicotizante teoría del "desconocimiento". "Yo no sabía qué pasaba", "no había información", se justifican algunas canallas, que no quisieron ver, por ejemplo, a esas madres con sus pañuelos dando vueltas en Plaza de Mayo. "No sabía", mienten.

Pero un día supimos, y ya en democracia fue necesario un nuevo bálsamo para ese sector que vio de alguna manera sus manos manchadas de sangre. Y entonces, con un singular Ernesto Sábato a la cabeza (aquel que le dijo a la revista alemana Geo: "la inmensa mayoría de los argentinos rogaba casi por favor que las Fuerzas Armadas tomaran el poder. Todos nosotros deseábamos que se terminara ese vergonzoso gobierno de mafiosos"), creó el último golpe a la memoria: la nefasta "teoría de los dos demonios".

 

Un modelo para perpetuarse

Lejos de la constante justificación que muchos intentaron sobre la dictadura militar, el golpe del '76 fue una operación planeada y ejecutada bajo un programa de acción, que buscaba no sólo eliminar por la vía del extermino a todo opositor, sino que además buscaba generar las condiciones para perpetuar en el poder a los militares y a los sectores de la sociedad que representaban, al estilo de la España franquista, el Chile de Pinochet, o varias dictaduras personalistas africanas. Este modelo se pensó basado en tres aristas: terrorismo de Estado en lo político, programa liberal de entrega al capital extranjero -ejecutado por Martínez de Hoz- en lo económico y represión e imposición del pensamiento único en lo cultural, buscando promover un sistema de ideas y valores para sostener a la cúpula militar. "Ahora se necesita orden, ese orden que sólo es fecundo cuando nace como una manifestación de la propia conducta y precede a los hechos" (La Prensa, 27 de marzo de 1976). Ese orden al que se hace referencia era parte de la idea de perpetuidad de los militares. Pero pese a todo, un sector siguió la lucha. Con el espíritu de Rafael Alberti ("la libertad no la tienen los que no tienen su sed"), intelectuales exiliados, militantes sociales, políticos y muchos más le dieron batalla a la infamia, la cobardía y la muerte. "Éste es un país del exilio", sentenció el poeta Jorge Boccanera. Y no se equivocó. Por largo tiempo, quienes intentaron despertar la memoria de aquellos años quedaron fuera de todo: de la política, de la cultura, de los medios, del país. Todavía estamos lejos de reparar el daño. Los 30.000 desaparecidos siguen esperando el castigo a sus verdugos.

Y a sus cómplices, que todavía no se sacan la máscara de la hipocresía. Esos que el 10 de diciembre de 1983 salieron corriendo a despegar de sus autos la calcomanía que decía "Los argentinos somos derechos y humanos".


Marcos Morales

Especial para POLÍTICA DEL SUR

 

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