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El
taconeo de las botas sonó en lo más
recóndito del país, pero no lo escuchamos.
Y sus ecos, que todavía hoy resuenan con
fuerza, tampoco despiertan todo nuestro interés.
El golpe militar de 1976 es una herida abierta
que un feriado o un museo no pueden resolver.
La sombra de dolor y muerte generada por los militares
argentinos y sus cómplices civiles no termina
de disiparse, una pena renovada con la desaparición
del testigo Julio López.
Ejercer
la memoria en un país como el nuestro puede
ser, además de un acto de justicia, un
proceso de purificación. Porque si sabemos
mirar, podemos encontrar los mismos fantasmas
que hace 31 años.
"Si
los argentinos, como se advierte en todos los
sectores -aun dentro del ex oficialismo-, agradecen
al gobierno militar el haber puesto fin a un vasto
caos que anunciaba la disolución del país,
no menos cierto es que también le agradecen
la sobriedad con que actúan". Con
estas palabras, La Opinión, publicación
dirigida por Jacobo Timerman, reflexionaba el
27 de marzo sobre el período que la Junta
Militar iniciara unos días antes. "Agradecimiento
y sobriedad", palabras que suenan cómplices
ante el accionar genocida que se inauguraba.
Por
culpa y comodidad, la historia "oficial"
de los sectores que aplaudieron y aplauden lo
actuado por la Junta fue mutando según
las necesidades y los contextos. Apenas sucedido
el golpe, se lo justificó con el fracaso
del gobierno de María Martínez de
Perón. "La crisis ha culminado. No
hay sorpresa en la Nación ante la caída
de un gobierno que estaba muerto mucho antes de
su eliminación por vía de un cambio
como el que se ha operado. En lugar de aquella
sorpresa hay una enorme expectación"
(diario La Nación, 25 de marzo de 1976).
Después,
con la locura de Malvinas de por medio y las pruebas
de la barbarie militar argentina dando vueltas
al mundo, la sociedad argentina puso en práctica
una casi psicotizante teoría del "desconocimiento".
"Yo no sabía qué pasaba",
"no había información",
se justifican algunas canallas, que no quisieron
ver, por ejemplo, a esas madres con sus pañuelos
dando vueltas en Plaza de Mayo. "No sabía",
mienten.
Pero
un día supimos, y ya en democracia fue
necesario un nuevo bálsamo para ese sector
que vio de alguna manera sus manos manchadas de
sangre. Y entonces, con un singular Ernesto Sábato
a la cabeza (aquel que le dijo a la revista alemana
Geo: "la inmensa mayoría de los argentinos
rogaba casi por favor que las Fuerzas Armadas
tomaran el poder. Todos nosotros deseábamos
que se terminara ese vergonzoso gobierno de mafiosos"),
creó el último golpe a la memoria:
la nefasta "teoría de los dos demonios".
Un
modelo para perpetuarse
Lejos de la constante justificación
que muchos intentaron sobre la dictadura militar,
el golpe del '76 fue una operación planeada y
ejecutada bajo un programa de acción, que buscaba
no sólo eliminar por la vía del extermino a todo
opositor, sino que además buscaba generar las
condiciones para perpetuar en el poder a los militares
y a los sectores de la sociedad que representaban,
al estilo de la España franquista, el Chile de
Pinochet, o varias dictaduras personalistas africanas.
Este modelo se pensó basado en tres aristas: terrorismo
de Estado en lo político, programa liberal de
entrega al capital extranjero -ejecutado por Martínez
de Hoz- en lo económico y represión e imposición
del pensamiento único en lo cultural, buscando
promover un sistema de ideas y valores para sostener
a la cúpula militar. "Ahora se necesita orden,
ese orden que sólo es fecundo cuando nace como
una manifestación de la propia conducta y precede
a los hechos" (La Prensa, 27 de marzo de 1976).
Ese orden al que se hace referencia era parte
de la idea de perpetuidad de los militares. Pero
pese a todo, un sector siguió la lucha. Con el
espíritu de Rafael Alberti ("la libertad no la
tienen los que no tienen su sed"), intelectuales
exiliados, militantes sociales, políticos y muchos
más le dieron batalla a la infamia, la cobardía
y la muerte. "Éste es un país del exilio", sentenció
el poeta Jorge Boccanera. Y no se equivocó. Por
largo tiempo, quienes intentaron despertar la
memoria de aquellos años quedaron fuera de todo:
de la política, de la cultura, de los medios,
del país. Todavía estamos lejos de reparar el
daño. Los 30.000 desaparecidos siguen esperando
el castigo a sus verdugos.
Y a sus cómplices, que todavía no
se sacan la máscara de la hipocresía. Esos que
el 10 de diciembre de 1983 salieron corriendo
a despegar de sus autos la calcomanía que decía
"Los argentinos somos derechos y humanos".
Marcos Morales
Especial
para POLÍTICA DEL SUR
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