El
taconeo de las botas sonó en lo más
recóndito del país, pero no lo escuchamos.
Y sus ecos, que todavía hoy resuenan con
fuerza, tampoco despiertan todo nuestro interés.
El golpe militar de 1976 es una herida abierta que
un feriado o un museo no pueden resolver. La sombra
de dolor y muerte generada por los militares argentinos
y sus cómplices civiles no termina de disiparse,
una pena renovada con la desaparición del
testigo Julio López.